viernes, 28 de mayo de 2010
INEXPLICABLEMENTE
¡Por fin! Después de todo el curso suspirando por el chico más guapo de la clase, el de la sonrisa más seductora, y uno de los más inteligentes, la semana pasada conseguí compartir con él algo más que los apuntes, unas cervezas y unas risas.
Convencí a un compañero que celebraba su cumpleaños para que lo invitase a él y a su pandilla y así coincidimos en aquel piso. Después de ponerme delante de él y exhibirme como un pavo real ¡por fin! se fijó en mí.
Recordaba mi nombre, y después de un rato de baile y charla, me miró fijamente, me dijo que tenía unos ojos muy bonitos, y me besó. Una cosa llevó a la otra, y terminamos en una de las habitaciones, haciendo realidad ¡por fin! mi fantasía sexual favorita de todo el curso.
Fue maravilloso, perfecto, tal y como lo había soñado, sin prisas, sin nervios, con pasión, con cariño, todo muy natural. Cuando terminamos no se vistió rápidamente para marcharse, sino que siguió a mi lado, mirándome. Todavía era pronto, y yo quería más, así que le propuse un jueguecito: cada uno, por turnos, escribiríamos en la espalda del otro la parte del cuerpo en la que queríamos que nos besara. No hacía falta esperar a terminar la palabra; en cuanto la supiésemos, podíamos actuar. Empecé yo, y escribí en su espalda la “M”, luego la “E”, después la “Ñ” y él se volvió y se metió mi dedo meñique en la boca, poniéndome a cien. Le tocaba a él, y dibujó en mi espalda la “N”, la “U”, la “C”, y me puse encima de él para besarle la nuca muy sensualmente. La cosa se animaba, y ya estábamos recuperados para el segundo asalto; pero seguimos jugando. Me tocaba a mí, y puse en su espalda una “H”, una “O”, una “M”, una "B", y entonces él se volvió y me besó ¡en el hombro!. No, no, -le dije- te has confundido, no era el hombro, era el hombligo.
De repente se levantó, se vistió, dijo que tenía que llamar a alguien, y se marchó, inexplicablemente.
miércoles, 17 de febrero de 2010
¿LA ÚNICA IMBÉCIL?
Estaba desayunando y planificando mi mañana. Hacía días que no leía y tenía ganas de sentarme una hora o dos para dedicarme exclusivamente a leer; como a mí me gusta, con cuaderno, bolígrafo y ordenador abierto en la página de la RAE. No tenía que ir a comprar, ni hacer ningún recado y la casa estaba limpia y recogida; las cuestiones domésticas estaban resueltas, al menos hasta la hora de hacer la comida. Tenía, pues, un buen rato para mí, para mi lustre interior, para cultivarme; y me relamía de gusto sólo de pensarlo. Plagiando a Luis Landero, ya antes de empezar había cobrado por adelantado la satisfacción de disfrutar de mi tiempo.
Y, sin querer, como si tuviesen vida propia, mis ojos se han ido hacia la parte inferior de los armarios de la cocina, y se han quedado allí fijos. Yo no soy la reina del trapo, pero verdaderamente aquel zócalo necesitaba una limpieza, estaba negro, con suciedad acumulada en las esquinas… Ahora que lo había visto, y tenía tiempo, no podía dejar pasar la ocasión; tenía que limpiarlo, sin excusas. Así que me he preparado bayeta, lejía y un cuchillo con punta para raer la porquería más adherida.
viernes, 18 de septiembre de 2009
PESCADERIA
Mis pescaderos, además de venderme un pescado extraordinario, son tan especiales que espero con ilusión la hora de ir a comprar. Durante el camino voy iluminada con una sonrisa, expectante ante la posibilidad de presenciar alguna de sus ingeniosas ocurrencias; tanto es así que, de no ser por el carro de la compra con que me adorno, cualquiera que me viese en ese momento podría pensar que acudo a una cita romántica.
Y pocas veces me defraudan.
- ¿Qué te pongo?
- Quería berberechos
- Y… ¿sigues queriendo?
Cuando lo oí, tuve que hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada que hubiese podido molestar a la señora que había confundido el modo condicional “querría” (que en el verbo querer suena demasiado fuerte, como ordinario, con esa erre tan contundente) con el pretérito imperfecto “quería” (mucho más fino y delicado en su pronunciación).
martes, 16 de junio de 2009
SANDALIAS
Como cada año, cuando empezaba a apretar el calor, mi madre me sacaba la ropa de verano, que consistía, principal y exclusivamente, en los pantalones cortos y las sandalias, siempre iguales.
Las malditas sandalias de cuero, duras, eran auténticos instrumentos de tortura; me hacían rozaduras y señales, que dolían durante varios días hasta que mis pies, sumisos, se protegían con callos y durezas que, aunque molestos, dolían menos. Y además, no se podía jugar al fútbol sin riesgo de romperte algún dedo. Desde entonces me quedó una aversión tan grande a las sandalias que todavía no he sido capaz de llevar calzado que deje los pies al descubierto.
Aquel año, cuando mi madre recogía los pantalones largos, muy orgullosa, me dijo:
- Hijo mío, cómo se nota que te haces mozo; este año te has comportado como un caballero: has dejado los pantalones nuevos. Ni un agujero ni medio, ni sietes, ni remiendos.
Cabizbajo y resignado, le expliqué a mi madre:
- Claro, no teníamos pelotón*.
* Pelotón: aumentativo de pelota.
viernes, 5 de junio de 2009
CUMPLEAÑOS
- Abuela, abuela, ¿qué día es tu cumpleaños?
- ¿Cumpleaños? Yo no tengo de eso. Tengo santo.
Como a todos los montañeses, me pusieron de nombre el santo del día, que me protegería de los posibles males de ojo y conjuraría la mala suerte en caso de que intentara perjudicarme.
Engracia María de las Mercedes. En casa intentaron llamarme Mercedes, pero los vecinos, tan prácticos, siempre me llamaron Engracia; el santo del día era mucho más fácil de recordar que aquel nombre de reina tan estrafalario.
Y es que es mucho más cómodo. ¿Para qué aprenderse nombres cuando todos conocemos los santos del día y de la casa de cada uno? Son ganas de perder el tiempo. Nací el 16 de abril en casa Pelaire, y soy Engracia de Pelaire. Es así de sencillo. Mi marido, nacido el 30 de mayo en casa Chafarro, es Fernando de Chafarro.
Pero también es una cuestión de economía; en una sociedad en la que no sobra nada, lo superfluo no tiene sentido. Y ponerle a uno un nombre distinto al del santo del día era innecesario; además de arriesgarse a perder la protección divina.
El sistema funcionaba bien. Y si no hubiese sido por cuatro fatuos, presuntuosos, con ganas de llamar la atención, seguiríamos sabiendo que si te llamas Candelaria, es que cumples los años el 2 de febrero, y ese día te felicitaríamos.
En lugar de eso, ahora me encuentro con que mis nietos se llaman Alexander, Jonathan, Vanessa y Cristian, a pesar de haber nacido el día de Santiago, San Bartolomé, Santa Rosa y San Fidel. No es cómodo, ni sensato, ni racional.
jueves, 7 de mayo de 2009
JUEVES SANTO
en que la Virgen María
buscaba a su hijo amado
por la huerta y por el prado.
¿ha visto usted a mi hijo amado?"
que por aquí ha pasado,
con una cruz a los hombros
y una cadena arrastrando.
Un pañuelo me ha pedido
y un pañuelo le he dejado
para limpiarse su rostro
que de sangre iba manchado.
Siete manchas se ha quitado
y otras siete le han quedado.
San Juan y la Magdalena
lo llevaban de la mano.”
¡Arriba, arriba señores!
¡Arriba al monte Calvario!
que por pronto que lleguemos
ya lo habrán crucificado.
Ya le clavaban los pies,
ya le clavaban las manos,
ya le daban las lanzadas
en su divino costado.
Y la sangre que caía
caía en un cáliz sagrado
y el hombre que la bebía
era un bienaventurado.
En este mundo fue rey
y en el otro, coronado;
y quien rece esta oración
todos los viernes del año
sacará un alma de pena
y la suya de pecado.
Jueves Santo era aquel día. Una vecina de la calle le enseñó esa oración cuando apenas tenía ocho años; y, cumpliendo lo que en ella se recomendaba, la rezaba todos los viernes del año. Pero aquel Jueves Santo el romance se convirtió en una letanía continua; Jueves Santo era aquel día en que la Virgen María buscaba a su hijo amado, Jueves Santo era aquel día en que la Virgen María buscaba a su hijo amado. La invocó con devoción, la murmuró sin saber apenas qué decía, la recitaba mentalmente mientras se secaba las lágrimas, la pronunciaba implorando ayuda divina, la repitió mil veces. Jueves Santo era aquel día en que la Virgen María buscaba a su hijo amado.
Su hijo amado. Hacía tres días que se había fugado del “refor”; así llamaban en casa a lo que la administración denominaba “Centro de Menores”. Ahora recordaba cuántas veces le habían amenazado “si te portas mal, te meteremos en el reformatorio”; y, sin pretenderlo, la tan repetida amenaza se había hecho realidad.
Buscaba y preguntaba por él en los sitios en que pudiesen haberlo visto. El descampado al que iba con la bicicleta; el pasaje comercial donde patinaba; los recreativos del barrio; aquel solar el que jugaba a las canicas (¡qué rodillas traía!); las casas de sus amigos; el parque… Casi no le daba tiempo ni de llorar.
Su hijo amado, que con apenas catorce años se había convertido, sin saber cómo, en un raterillo, un delincuente de poca monta. Se llamaba Antonio, como aquel hermano de su abuela que tuvo que exiliarse en Francia durante la guerra civil, y que nunca más volvió; y en los papeles de la comisaría, tras su nombre y apellidos se empeñaban en añadir: alias “el Flequis."
Aquel niño obediente y siempre dispuesto a hacer recados. El mismo que un Día de la Madre le había regalado aquella imagen de la Virgen que todavía guardaba en el cajón de su mesilla, tras la cual se leía con esforzada caligrafía: “Mamita preciosa, mi dulce embeleso, deja que en tu cara deposite un beso."
Las malas compañías. Seguro que había sido eso. Andaba con muchachos de la calle, un poco mayores que él, que lo habían llevado por el mal camino. Su hijo no podía ser un ladrón, como decía la policía. Tan sólo era un niño cuando rompió el cristal de una juguetería para robar (qué palabra tan dura) y lo detuvieron en un descampado con un coche teledirigido. Y así acabó en el refor… ¿Es o no es una niñería? Y lo de abrir las máquinas recreativas para vaciar la recaudación, mientras otros vigilaban, no era para tanto; no pasaba de ser una travesura.
Su hijo amado. De acuerdo, hacía cosas que no estaban bien, pero no había matado a nadie, ni era peligroso… No podían decir que era un delincuente; los delincuentes son personas marginales, con familias problemáticas y, sobre todo, malas personas. Y él en casa era un buen hijo; ellos no lo conocían. Y no tenía un pelo de tonto; si no sacaba buenas notas era porque no se esforzaba, pero era más listo que el hambre.
Tres días sin saber nada. Nadie lo había visto, o por lo menos, eso decían. Pero él se enteró de que su madre lo buscaba y aquella noche de Jueves Santo volvió a casa. Porque no quería que su madre estuviese preocupada, ni que sufriese por él; era un buen hijo y ella lo sabía.
Por fin se le cerró el agujero que se le había abierto hacía tres días, no sabía si en el estómago, en el corazón o en el alma, pero que la estaba consumiendo por dentro. Su hijo amado había vuelto a casa. ¡Claro que se había fugado del refor! El cura más joven, el que parecía más simpático y cercano, le había levantado la mano. Así que, aprovechando un descuido, y que las medidas de seguridad brillaban por su ausencia, se escapó.
En eso era hábil; en escapar. En casa siempre se las apañaba para llegar a la puerta sin que lo viesen, y abrir la cerradura con una copia de la llave que nadie sabe de dónde sacaba. Y aquella otra vez en que saltó por la ventana del juzgado de menores y se fue. Chiquilladas. Tampoco era para tanto.
Jueves Santo era aquel día en que la Virgen María buscaba a su hijo amado por la huerta y por el prado. Gracias a Dios, que lo había traído a casa; y a la Virgen, que se había apiadado de ella. Gracias.
Aunque fuese su madre, no tenía una venda en los ojos; sabía que su hijo no se portaba bien fuera de casa. En casa sí, en casa era obediente, soñador, risueño, y a ella jamás le faltó un céntimo del monedero; en lo único que no cumplía era en el horario de volver. Siempre llegaba tarde; se abstraía tanto con “sus cosas” que se le olvidaba la hora. Ese era el motivo de casi todos los rapapolvos.
Algún castigo merecía; eso era cierto. Hacía cosas que estaban mal, y de alguna manera tenía que aprender a no hacerlas; aunque ni ella ni su marido habían conseguido nunca nada de él castigándolo. Y no acertaba a saber quién ni cómo podría hacerlo. No había sabido educar a su hijo. Algo había hecho mal para que él se portase así. La profesión más difícil del mundo es la de ser madre; siempre se yerra. El sentimiento de culpabilidad la asfixiaba.
Y, por otra parte, era la única que lo conocía verdaderamente. Sólo tenía catorce años y tenía que defenderlo de los demás, de los que no sabían que era un buen chico. Ni su propio hermano lo entendía; no comprendía que ella no podía tratarlos a los dos iguales, porque sus necesidades eran diferentes, que él necesitaba más cariño. Pero eso sólo lo sabe una madre.
Era su hijo amado, y ella era su madre; para todo y para siempre. En las alegrías y en las penas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para todos los días de su vida… para eso está una madre. Si ella lo tiraba… ¿quién lo iba a levantar?
Jueves Santo era aquel día…. Catorce Jueves Santos más tarde, la misma madre, el mismo hijo y la misma oración repetida hasta la inconsciencia. Jueves Santo era aquel día… Su hijo amado se moría en la cama de un hospital. Y a ella ya no le quedaban lágrimas. Virgen Santa, Madre mía, ayúdame. Tú, que sabes por lo que estoy pasando, llévatelo cuanto antes.
Recordaba la sonrisa burlona que se le pintaba en la cara cuando, al acabar cualquier película en la televisión, ella apostillaba: “¿Ves hijo? el criminal nunca gana." Pero a él no le iba a pasar nunca nada; se sentía por encima de todas las cosas, él era especial. Y ahí estaba ahora, indefenso como un bebé, casi ciego y conectado a un aparato.
Había vivido deprisa e intensamente y presumía de haber probado de todo. A su madre le daban náuseas cada vez que intentaba imaginar en qué consistía ese “todo”; mejor no pensarlo, mejor no saberlo. ¿A qué venía ese alarde cuando debería avergonzarse? Su idea del goce y el disfrute incluía infringir las prohibiciones: las legales, las morales, las sanitarias, las éticas… No se sentía orgullosa, pero en su defensa argumentaba que no atacó nunca a nadie, ni causo perjuicios que no fuesen económicos. No era tan malo.
Jueves Santo era aquel día… Llevaba dos años rezando por los rincones, rezando en las capillas y en las catedrales, rezando en el hospital. Había agotado las oraciones tradicionales, y las había ido adaptando a sus necesidades. Al principio: Virgen Santa, cúramelo, que mi hijo se ponga bueno, por favor te lo pido. Pero ya se había cansado de pedir salud, y ahora sólo suplicaba clemencia: no dejes que sufra más.
Qué desfigurado está, y en qué poca cosa se ha quedado. Somos nada. Si él se viera, con lo presumido que siempre ha sido; tan pincho, tan gallito. Había luchado lo indecible por no parecer enfermo; hacía gimnasia para estar fuerte; se vestía con lo mejorcito; procuraba ir como un pincel. Y ahora, míralo.
Decía que había vivido más que mucha gente; pocos años, muchas cosas. Disfrazando de audacia, aventura y libertad lo que no era sino irresponsabilidad, fue trampeando la vida. Seguramente habría sentido lo que otros ni se imaginan, y sufrido y disfrutado hasta el límite. Pero ¿mereció la pena? ¿le había compensado? Goce y dolor. Felicidad y desdicha. Risa y llanto. Satisfacción y sufrimiento. Placer y rabia. Relajación y excitación. Todo en la misma medida. Estaba por encima del resto, de los normales, a quienes miraba casi por encima del hombro, porque no alcanzaban a comprender lo que se habían perdido en su vida tan gris. Él se llevaba lo mejor. Y lo peor.
Y por fin dejó atrás todo aquello. Su novia lo merecía todo. Ahora que había “disfrutado” de su juventud, pretendía ingresar en el mundo de los adultos normalizados, haciendo lo mismo que todos ellos: mujer, trabajo, piso, coche, hijos… Tendría suerte; como hasta ahora. Había sido un hombre de suerte.
De buena suerte y de mala suerte.
Porque aunque él se riese, su madre tenía razón -como siempre- cuando le decía "Toño, pórtate bien, que el que la hace la paga." Y ahora que parecía que la vida se le enderezaba, le cobraba la factura ¡y de qué manera! Su hijo amado le había costado muchas lágrimas, y además tenía que verlo morir. Virgen Santa, tú que me lo trajiste, llévatelo, cuanto antes mejor.
Jueves Santo era aquel día en que su madre pedía el final. Virgen María, no permitas que sufra más, tú eres madre y sabes por lo que estoy pasando… Ayer deliraba, nombraba a amigos del colegio, recordaba cosas del pueblo… quizá se acercaba al principio barruntando el final. Ojalá.
Era lo más duro, pedir la muerte de su hijo. Pero a la vez iba a suponer una liberación para todos. Él dejaría de sufrir. Un tópico, desde luego, pero después de más de dos años de larga enfermedad, que le fue deteriorando poco a poco, que lo dejó sin pelo y casi ciego, hasta él se cansó de luchar. Y su madre descansaría. Ella que lo vio crecer y lo veía encogerse indefenso; que lo conoció guapo y presumido, el más chulo de la calle, y lo veía convertido en un amasijo de piel y huesos; que lo escuchaba reírse y lo había oído llorar.
Madre mía, te lo pido con las pocas fuerzas que me quedan; llévatelo, no prolongues más su agonía. Gracias, gracias. Hijo, ya no sufrirás más; disfruta de tu muerte y descansa.
Jueves Santo era aquel día…
viernes, 27 de febrero de 2009
ANNA
- ¿Qué libros te has comprado?
- Mira, Anna Karenina.
- ¿Esa es aquella rusa de la película? ¿La de Greta Garbo?
- Sí, mamá. ¿Te gustó?
- Mucho, mucho. Pero, a ver... ¿Anna Karenina I y Ana Karenina II? ¡Vaya ideas! Si la primera ya estaba bien, no sé por qué han tenido que sacar ahora la segunda parte...
viernes, 16 de enero de 2009
DECEPCIÓN
Pero lo que no hubiera sospechado nunca, fue lo que me sucedió una tarde. Estaba secándome el pelo, con la mirada perdida al fondo, y vi una mujer que atravesaba el pasillo sin ningún pudor, con la cabeza alta, en actitud desafiante. En condiciones normales ni la hubiera visto, se hubiese hecho transparente, pero había algo en su desnudez que captó mi atención y atrajo involuntariamente mi mirada hacia ella; tendría unos 70 años, bastante arrugada, contrahecha, con expresión hosca, de mal genio, y ostentaba (porque enseñar aquéllo de esa manera era hacer ostentación) entre las piernas una repulsiva mata de pelo que le llegaba casi hasta las rodillas. Fue una impresión fatal, una experiencia traumática.
Desde entonces, mis fantasías sexuales han de buscar otros ambientes más propicios; porque en cuanto imagino un vestuario femenino, en vez de aparecer aquellos pubis perfectamente depilados de antaño, una repugnante pelambrera hace que mi libido se esfume.
Así que ahora, cuando estoy en el vestuario, procuro no levantar la vista del suelo, temiendo lo que me pueda encontrar. Por que sé que un vestuario femenino también puede provocar... náuseas.
miércoles, 7 de enero de 2009
PALABRAS
Hay palabras que me gustan más que otras, pero no me había parado a pensarlo detenidamente, hasta que leí "Juegos de la Edad Tardía" de Luis Landero. (Apreciación personal: a este libro le saqué mucho jugo, me hizo pensar y darle vueltas a la cabeza; me encanta cómo escribe este hombre). Transcribo un párrafo que me cautivó:
Y como estas otras palabras, que me resultan placenteras en la boca y en el oído. Mandarina, lirio, colirio, delirio, alfange, caracola, mirandola, escafandra, muñeca, rueca, jaqueca, calandria, alondra, zarcillo, brújula, esdrújula (mmmmm... las esdrújulas tienen un no sé qué), escrófula, caléndula, albañil, escabel, cascabel, Isabel, canela, candela, herejía, fetiche, restallar y restañar, seductor, retozar, armonía, cicatriz.
domingo, 4 de enero de 2009
¿EDUCACIÓN?
Año nuevo… más de lo mismo, como no podía ser de otra manera.
Las dichosas costumbres sociales, que últimamente me tienen bastante alterada. Ya hablé un día de los besos, y me ha vuelto a pasar. Yo me tenía por una persona bastante social y socializada, pero estos nuevos usos de urbanidad me hacen sentir un bicho raro. Ayer llego a un lugar en el que había unas 40 ó 50 personas congregadas, me acerco a un grupito y saludo educadamente; y cuando una de ellas se me acerca muy decidida a darme un par de besos, me sorprendo musitando un “disculpa es que yo no soy muy besucona”. ¡Me he tenido que excusar por no tener los mismos hábitos sociales que los demás! ¿Seré rara? ¿Me estaré volviendo huraña?
Otra de las supuestas "normas de educación" es el interés por los demás; interés superficial, claro está. Parecer que se tiene interés, para quedar bien, pero sin tenerlo. Así, la frase típica que se dice al saludar a una persona es “¿qué tal?”; y como normalmente ambas partes son igual de adaptadas socialmente, la respuesta también típica debe ser “bien, gracias”.
El otro día, mi pescadero, siempre tan cordial, le preguntó a una clienta “¿qué tal?” y la señora se quedó pensativa, como si no supiese qué decir, no quisiese contestar, o le pareciese de mala educación responder la verdad. Tras unos segundos, respondió “bueno, ya que me preguntas por educación, te voy a contestar que bien ¿para qué te voy a dar más explicaciones?”
Y entonces empecé a imaginarme que, por una vez, la clienta (o el cliente) decide no cumplir con las reglas sociales tácitamente establecidas, y en vez de mentir un “bien, gracias ¿y tú?”, contesta con mucha soltura acerca de cómo está, cómo se encuentra. Y me daba la risa sólo de pensar en este tipo de conversaciones:
Pescadero: Hola… buenos días ¿qué tal todo?
Clienta: Fatal, hijo… estas almorranas me están matando
Pescadero:- Buenas, ¿qué tal?
Cliente: Pues… muy mal; la semana pasada cerraron la empresa y ahora a ver dónde voy yo, con 52 años…
Pescadero: ¿Cómo va eso?
Clienta: De maravilla, mi marido me acaba de echar un polvo que me ha dejado nueva.
Pescadero: ¿Qué tal le va?
Cliente: Mal, muy mal… arrastrando una depresión desde que me separé. Precisamente ahora vengo del psiquiatra, que me ha cambiado la medicación.
Pescadero: ¿Qué tal?
Clienta: ¿Y a ti qué te importa?
Sería divertido intentarlo. Por ver la cara de estupefacción que se le queda a quien pregunta. Por preguntar lo que no interesa saber. Por dejar de ser educados hipócritas.
sábado, 27 de diciembre de 2008
CASUALIDAD Nº 3
Ahora Pablo me manda canciones; lleva una temporada haciéndolo, creo que así se obliga a seguir en contacto conmigo, pero quizá esté equivocada. La semana pasada, el correo traía adjunta una canción de Los Rodríguez, titulada "La copa rota", que no había oído nunca; preciosa, me gustó mucho, trágica, como de tango.
A los dos días empecé a leer un libro de Luis Sepúlveda, "La Lámpara de Aladino" se titula, que recoge doce narraciones, cada una con su dedicatoria o introducción. Y al llegar a la que se titula "La Isla" veo que sobre el epígrafe "Enciclopedia Popular del Fracaso Sentimental Latinoamericano" hay escritas tres frases entrecomilladas, la segunda de las cuales dice "Mozo, sírvame en la copa rota... quiero sangrar gota a gota el veneno de su amor". La misma letra.
En poco tiempo, dos referencias distintas a una canción que nunca había oído. Por supuesto, la busqué, y la letra es de Benito de Jesús, y ha sido cantada, entre otros por José Feliciano, Vicente Fernández y Los Rodríguez. Preciosa.
martes, 16 de diciembre de 2008
CASUALIDAD Nº 2
El sábado aparqué el coche en una avenida; cuando fui a buscarlo, tenía delante otro coche cuya matrícula llevaba el mismo número que la mía. Mismos dígitos en el mismo orden. Sólamente cambiaban las letras, es obvio. ¿Qué posibilidades hay de que eso ocurra?
Si alguien sabe y tiene ganas de calcularlo, que lo haga. ¿Cuántos coches existen en España con la misma numeración? ¿y en una ciudad? ¿y que circulen un sábado? ¿y que aparquen en la misma calle, uno detrás de otro? Cuando menos es... sorprendente ¿no?
lunes, 15 de diciembre de 2008
CASUALIDAD Nº 1
Casualidad, coincidencia, azar… el caso es que me ocurre muchas veces. Estar pensando en alguien y sonar una canción que me lo recuerda, hablar de una persona a quien hace muchos años que no veo, y encontrármela al día siguiente… Cosas así, sin sentido, sin importancia, pero que me resultan curiosas.
Incluso a veces (cuando me interesa) tranformo las casualidades en señales, de momento, siempre favorables, claro.
Estos días me han ocurrido unas cuantas casualidades, y me apetece escribirlas. Haré una nueva etiqueta, y las iré numerando.
CASUALIDAD Nº 1
El jueves escribí la entrada titulada "Chupones". El viernes vino a casa mi ahijado, al que hacía más de un mes que no veía; tiene 15 años y no me pasó desapercibido el chupón que llevaba en el cuello (el primero que yo le veía). Puedo asegurar que no tiene nada que ver con Alba. Un montón de años sin saber nada de chupones y, en dos días, dos muy cercanos.
jueves, 11 de diciembre de 2008
CHUPONES
Creo que me estoy poniendo pesada con la adolescencia, pero me encanta recordar aquella edad de la que en su día no me dí cuenta. En mis tiempos no había adolescencia, éramos críos, y más tarde jóvenes. No la añoro, ni la echo de menos; cuando la pasé tampoco la disfruté especialmente, no era consciente de lo que estaba viviendo. Es ahora, desde la distancia temporal, cuando me doy cuenta de los cambios por los que todo el mundo pasa, yo entonces y otros ahora, y se me dibuja la sonrisa en la cara sólo de pensarlo.
Hace un par de semanas, Alba, que tiene catorce años, llegó a casa con un chupón (o chupetón, que ambas acepciones permite la sagrada RAE) en el cuello. Alba es la hija de mi amiga Raquel, que enseguida se percató de la “huella amorosa” y tuvo que interpretar a la perfección el papel de madre que le corresponde, dándole a la chica la charla oportuna; desconozco el contenido de la conversación, pero el tono no fue de bronca, sino más bien de sermón.
Cuando Raquel me lo contaba, entre cervezas y risas, estuvimos recordando nuestros primeros chupones… no las marcas en sí, sino la historia que contábamos en casa para justificar el moratón. Inventamos excusas completamente absurdas, y pretendíamos que las madres lo creyesen como una cosa normal y verosímil ¿éramos imbéciles? ¿o creíamos que lo eran nuestras madres?
Yo tenía trece o catorce años, no lo recuerdo con exactitud. Eran las fiestas del pueblo y estuve bailando con un chico bastante guapetón que después me invitó a “dar una vuelta”. La vuelta fue corta porque enseguida entramos en una peña (agujero infecto, amueblado con asientos de coche de desguace, imprescindible barra de bar y colchones cuya procedencia es mejor no saber, sin ventilación, iluminado con pretensiones discotequeras -es decir, bastante oscuro-, y seguramente con música ambiental, no me acuerdo). Nos enrollamos: besos, morreos, caricias (bueno, aquello no eran caricias, eran rudos tocamientos)… y vale. Cuando nos pareció, salimos de allí y seguimos de fiesta… por separado, naturalmente; yo me fui con mis amigos y él con los suyos. Hasta que un primo mío que ya tendría entonces veintitantos años me miró el cuello y me dijo “¿qué llevas allí? anda, anda, tápate, que no te lo vean”. Entonces me vino como una revelación; porque yo no sabía qué era un chupón, no tenía amigas que hubiesen llevado uno, nunca había oído hablar de ello, y no sabía ni que me lo habían hecho; y de repente até cabos y me di cuenta de lo que había pasado, de que la marca era socialmente reprobable, y de que tenía que preparar una buena excusa antes de llegar a casa de mi abuela (en la que estábamos abuelos, hijos, tíos, primos… un montón de gente dispuesta a crucificarme por algo de lo que no tenía conciencia de que estuviese mal ¡manda huevos!).
A la mañana siguiente, antes de salir de la habitación, llamé a mi madre, y con mi cara más convincente empecé a explicarle:
- Pues nada… que anoche, estábamos todos en el parque, en los columpios, enredando… y de repente me cai, y… me di un golpe con la esquina del columpio en el cuello… ¡y fíjate qué moradura me ha salido!
Jajajajajaja, ahora suena ridículo, pero entonces me pareció de lo más creíble; lo que no me explico es cómo pude pensar que mi madre se lo iba a tragar, jajajajaja. Por supuesto, no me hizo ni caso: “¡Eso es un chupetón! ¡Qué vergüenza! ¡Tápate, que no te lo vean! ¡Yo no llevé uno hasta que no estuve casada! ¡Ponte un pañuelo o algo! ¡Qué pena de hija! ¿Y qué más has hecho?” Ese era el quid de la cuestión “¿qué más has hecho?”, porque lo que realmente estaba en juego era mi virtud… y eso era sagrado.
El cuento de Raquel no era menos fantástico. Las circunstancias las desconozco, pero la conversación con su madre fue, más o menos:
- Mamá, anoche me pasó una cosa… Resulta que ahora hay chinas que van por los bares vendiendo flores, para que los chicos las regalen a las chicas; pues estábamos toda la pandilla en un bar, y uno de los chicos ha comprado un clavel, y hemos empezado a enredar, y me ha dado un “clavelazo” en el cuello, y con la piel tan sensible que tengo… ¡fíjate qué marca me ha quedado!
Piel sensible, dice, jajajajajajajaja. Ni que decir tiene que todo el bar se volvió al oír nuestras carcajadas.
Sería divertido recoger en algún sitio las excusas que a lo largo de los tiempos han dado las hijas a las madres para intentar explicar lo inexplicable.
viernes, 21 de noviembre de 2008
POESÍA (corregido)
POESÍA. (Del lat. poēsis, y este del gr. ποίησις).
1. f. Manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa.
2. f. Cada uno de los géneros en que se dividen las obras literarias. Poesía épica, lírica, dramática.
3. f. por antonom. poesía lírica.
4. f. Poema, composición en verso.
5. f. Poema lírico en verso.
6. f. Idealidad, lirismo, cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza, manifiesta o no por medio del lenguaje.
7. f. Arte de componer obras poéticas en verso o en prosa.
Las Cosquillas del Lobo se refiere a mi anterior entrada como “poesía”, y como semejante término me parecía exagerado para lo que yo hago, he buscado el término en la RAE. Efectivamente, en su acepción 4 admite que poesía es cualquier composición en verso, y por tanto, objetivamente, tiene razón, hago poesía. Aunque yo prefiero la acepción primera, la que identifica poesía con belleza por medio de la palabra; así, mis composiciones pueden llamarse rimas, ripios, versos, coplas… pero “poesía” me parece excesivo.
Además… tenía yo prevista una entrada sobre la poesía, la de verdad, la que a veces rima y a veces no rima, la que es manifestación de la belleza, y hoy toca.
No me gusta la poesía. O eso creía yo. En el colegio nos aprendíamos algún poemilla, en los libros infantiles también aparecían, pero, en general, nunca me llamaron la atención.
Mi primer recuerdo relacionado con la poesía se sitúa en mis quince años, mis primeros amores y mis primeras amigas. Y no sé por qué, me veo en casa de Amalia, de pie, en la puerta de su habitación, con un libro de Neruda en la mano, por supuesto, “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”.
(INCISO: ¡La pandilla del instituto! éramos un grupo muy heterogéneo, y sonrío al acordarme de todas ellas, todas nosotras, ocho o diez chicas de distintas procedencias económicas, sociales, culturales y políticas, a través de las cuales me asomé a otros mundos y conocí otras formas de pensar y de vivir. Amalia, por ejemplo, era hija de un escritor, y su casa me llamaba mucho la atención, porque había libros por todos los sitios, un ambiente de cultura, entre bohemio y moderno, muy ochentero, y que yo no había visto hasta entonces; ella tenía el libro de Neruda.)
No recuerdo haber leído completo aquel libro, quizá algunos versos sueltos, los más famosos. El “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente…” con el que Pedro, el chico con el que salía entonces, me obsequiaba cuando quería pedirme silencio; seguramente él tampoco conocía más que esa cita y alguna otra parecida para susurrar al oído y arrancar suspiros a las jovencitas.
Luego, sobre los 18 ó 19, leí a Lorca, con pasión, como corresponde. Me gustó, pero no me provocó el interés por la poesía.
Y desde entonces, nada. Veinticinco años sin poesía. Y no la he echado de menos. Siempre he pensado que era algo cursi, propio de enamorados, y no de todos, porque yo me enamoré y ni entonces me interesé por los poemas; pero hay personas que se escriben rimas originales, o las copian y las dedican a la persona amada con mucho sentimiento. A mí no me han llamado la atención; quizá sea demasiado práctica, pero nunca me he entretenido en admirar la belleza por sí misma, sin más; ni la de las palabras, ni la de las formas, ni la de los colores, ni la de los sonidos. Será que no he tenido sensibilidad artística, o será que nadie me había escrito poemas…
Pero, de repente, alguien se enamoró de mí. A mi edad, ya no era la primera vez, pero sí la más… ¿romántica? ¿fantástica? ¿soñadora? ¿tardía? ¿caduca? ¿estúpida? El caso es que empecé a recibir poesías escritas para mí, totalmente originales y personalizadas, nada de copias de los clásicos ni de citas famosas; todo exclusivo y especial, porque yo era especial. Naturalmente, quedé embelesada; lo que no me había ocurrido antes, me ocurrió después. Y entonces empecé a fijarme en la poesía en general, sobre todo en lo que reflejaba lo que me pasaba. Por puro egoísmo leía poemas, de amor, claro; de los otros hay menos y además no me interesaban. Leía conocidos y desconocidos, pero sólo me decían algo aquellos que hablaban del mismo sentimiento que yo tenía. Y me di cuenta de que en algunos de aquellos, hasta entonces, montones de palabras separadas y agrupadas en líneas anormalmente cortas, había belleza; y disfrutaba. Disfrutaba sintiendo lo que otros habían sentido y habían escrito con tanta armonía y tan bien explicado.
Como es natural, mi reciente interés por las poesías duró lo mismo que el enamoramiento. Poco a poco dejé de buscar y de leer, volviendo a mi particular teoría inicial de que las poesías son para los enamorados… y ahora que ya no son para mí, no me interesan.
Prefiero leer otras cosas, cosas que estén relacionadas con mi situación actual; sigo siendo la misma aprovechada que busco circunstancias, pensamientos y reflexiones con las que me identifico, y disfruto leyendo sentimientos y situaciones que yo nunca habría sabido escribir y describir con tal precisión, hermosura y calidez, pese a haberlos vivido de igual forma.
No leo poesía. No la busco, porque ya no me deleito con ella. Pero tampoco la rechazo de plano, porque sé que contiene belleza; si por casualidad encuentro alguna, la leo (o al menos empiezo a leerla a ver si me gusta). Ya no es algo mío, nada personal, nada especial… ocurrió una vez, y fue fantástico; ya pasó. Sin embargo… me quedó como un poso, un regusto, que me permite disfrutar de la poesía cuando me llega adentro (pocas veces, es verdad).
Así, cuando el otro día, leí la frase que tenía puesta a modo de saludo uno de mis contactos del msn, me sentí como tocada por una varita mágica, no sé definirlo, pero me gustó mucho, me agitó por dentro. Era parte de un poema de Jaime Sabines que decía: “¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras me dirás que te amo? Esto es urgente porque la eternidad se nos acaba”. Me pareció tan hermoso... (¿o quizá lo hermoso sería que alguien me lo preguntase?)
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Hombres de la edad mediana ¿de salir no tienen gana?
Se queja Julia, mi amiga,
de lo mal que está el mercado;
y la cosa tiene miga
porque no habla de ganado,
ni de carne, ni pescado;
lo que pasa es que no liga.
Que aquí, en el mundo virtual,
hombres hay a troche y moche,
pero en la vida real
(y no es por hacer reproche)
cuando sales por la noche
si ves alguno, es casual.
Y ahora me voy a explicar.
El otro día nos fuimos
al teatro y a cenar,
y lo único que vimos
fueron primas, y no primos,
y eso me dio que pensar.
Por calles y por callejas
sólo encontramos mujeres:
en pandillas, por parejas,
iletradas, bachilleres,
cristianas y bereberes,
niñas, jóvenes y viejas.
Y en el teatro lo mismo;
si hubo algún espectador
-y lo digo sin cinismo-
era porque el buen señor
del brazo iba de su amor
(con o sin romanticismo).
Con interés me fijé
en la calle y en los bares,
pero apenas encontré,
en esos y otros lugares,
hombres, ni en grupos ni a pares
que no tuviesen acné.
¿Y los de mediana edad?
¿dónde se meten? ¿qué pasa?
¿acaso será verdad
que sólo salen de casa
por el fútbol (tiene guasa)?
¿no cultivan la amistad?
jueves, 13 de noviembre de 2008
RECREO
Acabo de presenciar una conversación que me ha sorprendido. Y pensando en ella, estoy con la sonrisa puesta. Así que aunque sea una chorrada más de las mías, la voy a contar, que para eso estoy en mi espacio y puedo poner lo que me apetezca.
Ha sido cuando venía de comprar (una vez más, la compra, esa fascinante obligación cotidiana). Es la hora del recreo en el instituto, y a partir de 3º de ESO, los chicos pueden salir del centro durante ese rato (aunque sea como Alejandro, el hijo de mi amiga Julia, para subir a casa a almorzar).
Una pareja de chicas, de unos 14 años, perfectamente avitualladas con el uniforme adolescente: pelo largo, flequillo ladeado tapando toda la frente, pantalones de pitillo, zapatillas de lona, pañuelos "palestinos" pendientes de bolita... (van casi todas iguales, más o menos, como hacíamos las demás cuando teníamos su edad, qué risa, qué poco cambian las cosas) que se dirigían a un chico de raza negra, con el pelo lleno de trencitas, uniforme de trabajo, de unos 25 a 30 años.
La pregunta de las chicas me ha hecho sonreír, pues me ha traído a la memoria situaciones parecidas.
- ¿Llevas un cigarro? (¿cuántas veces no lo habré dicho yo? esto es lo que me hace tanta gracia, las mismas preguntas, las mismas posturas ante la vida, la misma arrogancia... Me fascina ver lo mismo, esa pretendida originalidad y exclusividad en el comportamiento, que realmente es y era tan corriente que después de 30 años se sigue repitiendo, igual que seguramente se producía hace 50 años... es entrañable).
Y la respuesta del chico me ha sorprendido tanto, que también me ha alegrado la mañana. Con una gran sonrisa en la boca, y en un castellano un tanto forzado, les ha contestado:
- Disculpe, pero no se me puede permitir dar tabaco a menores.
Alucinante. No sé si el chico fumaba o no, pero podía haberles dicho simplemente "no" o "no fumo" o "no llevo tabaco", fuese verdad o mentira ¡qué mas da! Y en lugar de eso, muy educadamente, les ha explicado, como ha podido, que está prohibido y que no va a contravenir la ley. Fascinante. Me encanta sorprenderme con las cosas de la calle. Y me alegra ver el comportamiento de la gente, y estoy contenta. Y lo tenía que escribir.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
EL LIBRO DE LAS ILUSIONES, Paul Auster
El año pasado él me recomendó este libro. Lo devoré. Y este año, en septiembre, volví a leerlo; sin su influjo, tranquila, pausada, recreándome en la historia y en cómo está contada.
El libro empieza con una cita de Chateaubriand, que dice "El hombre no tiene una sola y única vida, sino muchas, enlazadas unas con otras, y ésa es la causa de su desgracia". Esta frase tiene mucho que ver con mi mal desarrollada teoría del icosaedro. Mi vida, por ejemplo, está compuesta de varias caras, varias subvidas (vaya palabro que me acabo de inventar), necesariamente enlazadas, pero muy distintas. Así, tengo la vida real, de los pies en el suelo, que todo el mundo conoce porque a todo el mundo cuento, y la vida fantástica, la que me sueño y que nadie sabe ni que existe. La desgracia estriba en enlazarlas tanto que lleguen a confundirse, en no saber separarlas claramente; pero eso es cuestión de tiempo, práctica, sabiduría, y sufrimiento.
Lo primero que me llamó la atención, las dos veces que leí El Libro De Las Ilusiones fue el empeño de Hector (sin tilde en la traducción, casi me molesta) en la expiación. En vez de asumir sus actos, asimilarlos, intentar corregir los resultados, y aprender para comportamientos futuros; en vez de eso, se dedica a arrogarse culpas innecesariamente, a responsabilizarse de más de lo que le corresponde, aplicándose unas normas morales duras en exceso, que le permitan expiar su culpa, purificarla, borrarla mediante algún sacrificio. El trabajo físico, las penurias económicas, las carencias emocionales, todas sus privaciones y renuncias tienen como finalidad intentar eliminar su mal comportamiento; es una actuación ciertamente masoquista, pues a la vez que se siente maltratado o humillado, el sufrimiento padecido le provoca el placer de intentar compensar su culpa. Culpa que, por otra parte, nace de su ética personal; culpa subjetiva, que ya es bastante, de todas formas, pero que a mí me parece excesiva.
Sólo he encontrado esta vocación de expiación en hombres. Primero me sorprendió en una persona real, pero después, la encontré en libros, en personajes de ficción, aunque, de momento, siempre del género masculino; no sé si existirá en mujeres.
Y relacionada con la expiación de la culpa, Auster también recoge la teoría de la compensación (lo de las teorías me lo invento, por supuesto, como una manera de denominar determinados comportamientos que me llaman la atención). "Hector lo vio como una especie de castigo divino. Últimamente era demasiado feliz. La vida se estaba portando demasiado bien con él, y ahora el destino le daba una lección". Como dice Fito "sé llorar una vez por cada vez que río". Asumo que a todo el mundo le tocan partes buenas y malas en la vida, pero no de forma tan proporcional, ni teniendo que esperar irremediablemente lo contrario de lo que se siente.
Es curioso que todo, todo, está ya escrito, y mucho mejor de lo que yo lo expresaría. Por eso me da mucho gusto encontrar frases escritas perfectamente y que recogen un estado de ánimo o algo que he sentido o que me ha pasado; aunque nadie más lo entienda. Por ejemplo, las coincidencias. "No quisiera insistir en la importancia de esa coincidencia, pero entonces no podía dejar de interpretarla como una señal. Era como si yo hubiera pedido algo sin saberlo, y de pronto mis deseos se viesen cumplidos". A mí me pasa eso. Interpreto las coincidencias como señales, de banalidades, sobre cosas de poca importancia, pero señales de algo; no, no tengo ninguna enfermedad mental (de momento) y no veo señales en todos los sitios, sólo en algunos pequeños detalles.
Por fin, la mujer... "Tenía 79 años... ni carmín ni maquillaje, ninguna preocupación por el peinado, pero aún femenina. Todavía hermosa de una forma depurada, incorpórea. Mientras la miraba, empecé a notar que era una de esas raras personas en las que el espíritu acaba triunfando sobre la materia. La edad no disminuye a esas personas. Hace que envejezcan, pero no alteran lo que son y cuanto más tiempo vivan, más plena e implacablamente se encarnan a sí mismas". Ya me gustaría a mí, ya, que alguien dijese algo así de mí si llego a esa edad; una mujer que impresiona, que deja huella.
viernes, 7 de noviembre de 2008
TE QUIERO
- Te quiero
- ...
- Te quiero ¿lo sabes, verdad?
- Sí, lo sé. Y la verdad, no sé por qué lo sé. No me lo demuestras nunca. Supongo que lo tengo asumido. Pero no lo siento. No me siento querida, Manuel. No siento que te interese mi persona. Sabes que llevo una temporada un poco regular, desanimada, pero lo que tengo es una carencia afectiva. Necesito que me demuestres que me quieres, necesito sentirme amada como mujer. Necesito saber que piensas en mí, que haces cosas por mí. Algunas veces me siento deseada, pero querida no. Si me dedicases la mitad del tiempo que dedicas a tus aficiones, me tendrías contenta. Pero no me haces ni caso; es como si ya tuviésemos todo hecho. Y no es así. Necesito sentirme especial, sentirme bien, tener conversaciones que no sean las puramente domésticas. Y tú nunca estás para eso. ¿Cuánto hace que no me llevas a cenar por ahí, al cine, al teatro, a pasear?
- Pero... si tú siempre vas a donde quieres, si te apetece ver un espectáculo, vas; no te has quedado nunca sin hacer lo que te gusta, nunca te lo he impedido.
- Ahora no estoy hablando de eso; hablo de hacer cosas juntos. Lo que sea, pero tener algo en común; un rato durante el que estar solos, charlar, dedicarnos el uno al otro. Hasta ahora siempre que hemos tenido esos encuentros, es porque yo los he propiciado. ¿Cuándo has hecho algo especial por mí en los últimos... diez años, por ejemplo? Todo, todo, lo que hemos hecho juntos en este tiempo, lo he promovido yo. Piénsalo. Si hemos ido a bailar es porque yo lo organizo. Si hacemos alguna actividad fuera de casa es porque yo te animo y te apunto. Si hemos hecho un viaje, lo he tenido que organizar yo. Si salimos de vacaciones, es porque yo lo preparo. Si salimos a cenar fuera, o a tomar algo, es porque alguien nos llama y yo digo que sí. Si vamos al cine, al teatro o a cualquier espectáculo, es porque yo me encargo de decidir qué vamos a ver y saco las entradas. ¿Recuerdas cuándo hablábamos de la crisis de pareja de Raquel y Alfonso? Cuando te decía que deberían hacer cosas juntos, no sólo te hablaba de ellos... Pero veo que no te diste por enterado. ¡Qué cómoda te resulta la vida de pareja! Sólo tienes que ir a trabajar, y luego dedicarte a las cosas que te gustan; sí, es cierto, también hay alguna obligación, pero hasta ahora pocas veces has dejado de hacer lo que has querido, yo también puedo encargarme de esas obligaciones. Nuestra relación ahora es... poco más que de compañeros de piso con derecho a roce; lo único que tenemos en común son las actividades domésticas. Necesito que hagamos algo juntos, necesito sentir que me quieres. Me canso de tirar yo siempre del carro. Después de 20 años, me canso, Manuel. Eres un hombre bueno, y te quiero. Pero... esto se va asemejando más a un cariño fraternal que a un amor de pareja. No estoy siendo cruel contigo, de verdad; lo único que quiero es que me prestes más atención; que me dediques parte de tu tiempo.
- Pero... tú siempre has sido muy independiente, y te gusta mucho ir a tu bola ¿por qué me reclamas atención ahora?
- Te estoy reclamando atención afectiva, que es nula. Necesito sentir el amor. No pretendo que estés todo el día pendiente de mí, ni encima; creo que no es muy difícil lo que estoy diciendo... Sentir que me quieres, que me valoras como persona, que me dedicas parte de tu tiempo por ser como soy, porque te gusta y porque te intereso. Mira, me estoy viendo venir y últimamente es cierto que voy demasiado a mi aire, que me abstraigo mucho; cuando tengo todas mis obligaciones cumplidas me dedico a mí, a pensar, a leer, a jugar, a hablar, a escribir... y me está dando miedo tanta interiorización; por eso me obligo a salir con mis amigas reales, las de verdad, con las que me río y con las que me desahogo, con las que hablo, las que me llaman y a las que llamo, a las que cultivo. Y me gustaría tener también tiempo contigo, para sentarnos delante de una cerveza, o un café, y charlar; no de esto, ni de nada en concreto. Sólo pasar ratos juntos. Lo necesito. Además, somos una buena pareja, lo pasamos bien cuando estamos juntos ¿te acuerdas? nos llevamos bien, nos compenetramos, nos reímos... Necesito sentir el amor, Manuel. ¿Qué haces por mí, o qué haces pensando en mí? Nada. Puede parecerte cruel, pero piénsalo bien; ni tu pareja, ni tus amigos (eso es otro capítulo) tienen apenas espacio en tu vida. Si te preguntase qué es más importante en tu vida, seguramente dirías que yo, pero en la realidad te dedicas más a las cosas que a las personas, como si lo tuviésemos todo hecho. Sé que me quieres, sí, pero necesito sentirlo. Piensa, por un momento, que me diagnosticasen una enfermedad grave; sé que te volcarías conmigo, y me sentiría querida, pero no deberíamos llegar a esos extremos para demostrarnos el amor. Seguramente yo tampoco pongo mucho de mi parte, pero es que estoy cansada; cansada de ser la única que tenga necesidades afectivas, cansada de organizar para mantener el amor, cansada de recibir poco. Creo que ahora te toca a ti tirar del carro. Sé que lo intentarás. Al menos una temporada...
domingo, 2 de noviembre de 2008
CARTA (O ELECCION)
Una mañana gris, lluviosa y con viento; hermosa desde el refugio de la calefacción. Que invita a escribir cartas, a evocar recuerdos agradables, a hacer rosquillas, a enroscarme en la manta tirada en el sofá, a leer mientras escucho las gotas golpear los cristales, a beber un tazón de caldo, a estar sola y disfrutar de la sensación.
Y me ha apetecido copiar una carta que me pareció preciosa la primera vez que la leí; y me lo sigue pareciendo. Una carta que me hubiese gustado escribir.
Del libro "Andamios", de Mario Benedetti.
Yo veo una mujer enamorada. Afortunada, por haber tenido la posibilidad de disfrutar de varios y distintos amores a la vez. E infortunada por tener que elegir uno de ellos (la religión, la moral social, la ética personal, todas ellas, o quizá alguna otra cuestión que desconozco, inciden en que no debe tenerse más de un amor en cada momento, aunque en la realidad quepan más). Y elegir siempre resulta difícil, porque escoger también significa rechazar.
Nieves, por fin, es una mujer fuerte, que toma sus decisiones y las asume; es una mujer coherente, que se respeta y por eso mismo se hace respetar. Todo el mundo no sabe.
La carta que me hubiese gustado escribir. Lo hace tan bien, Mario Benedetti.