jueves, 25 de septiembre de 2008

FILOSOFIA DE CALLE



Tengo un problema escribiendo: me enrollo mucho, demasiado. Y además me falta chispa; desearía tener un poco más de gracia, pero habré de conformarme. Voy a contar algo que presencié el otro día; me pareció una situación muy divertida, así que intentaré transmitirla, a ver si me sale.

Me gusta comprar los productos frescos en tiendas de la calle, lo que se llama “pequeño comercio”; me gusta el trato directo con las personas (bueno, con algunas personas). La pescadería (glups, menos mal que acabo de buscarlo en la RAE, porque iba a poner pescatería) de mi calle la regentan dos hermanos muy particulares, que siempre están reflexionando en voz alta, con cualquier excusa, una noticia del periódico, el comentario de una clienta, una canción de la radio… son dos filósofos.

Cuando entré en la tienda la semana pasada, el mayor le estaba diciendo al pequeño: “Yo siempre te doy la razón, hermano; primero a mi mujer y después a ti”. “Sabia medida la de dar la razón siempre a la mujer; tendrás un matrimonio feliz”, auguró la clienta que estaba delante de mí.

Y a continuación, esa señora se puso a pedir su compra, merluza, gambas, “Y unos chipirones para mi marido, que lo tengo que cuidar para que me dure mucho”. Ante la mirada sonriente de los pescaderos, la señora explicó con toda naturalidad “Sí, sí, que si no… ¿quién me va a bajar las cosas de los armarios altos? ¿y quién va a cambiarme algún enchufe y a hacer las maletas?”; comentario que provocó las sonrisas, más o menos guasonas, de todos los presentes.

El hermano pequeño, sin dejar de limpiar los chipirones, contestó “Claro, y los que no sabemos cambiar enchufes, hacer maletas, ni llegamos a los armarios altos, como yo… ¡solteros!”

“¿Te das cuenta? -concluyó el mayor- basta con que les des la razón, arregles algún enchufe, y bajes las cosas de los armarios. Con lo sencillas que son las cosas… ¡y cómo nos las complicamos!”

Pues eso.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Cuando tu rostro era niebla (Mario de los Santos)

Voy a empezar a hablar de “mis lecturas” con este libro, que me ha proporcionado íntimas satisfacciones, placeres pequeñitos y personales, tanto que pueden parecer ridículos (o simplemente, gilipolleces).

La primera vez que lo leí me gustó. Y eso que no entendí el final.

La segunda vez lo disfruté. Y además, cuando llegué al final, lo comprendí sin ninguna dificultad, sin proponérmelo; de repente, lo había entendido. Fue algo parecido a lo que me pasa con los problemas de ajedrez: hay días en que me salen, a la primera, y otras veces por muchas vueltas que les dé, no veo ninguna solución. Debe ser cuestión de predisposición mental (de qué dependa, no lo sé).

Me agradó encontrar paisajes urbanos familiares; a puro de leer, una acaba por conocer casi mejor las calles de Barcelona o de París que las de su propia ciudad. La calle Moncasi, recuerdos de juergas juveniles, parece que sigue en activo. Y sobre el otro uso del aparcamiento de la Escuela de Ingenieros (perdón que me da la risa, jajajajajajaja), he de decir que lo descubrí apenas un par de meses antes de leer el libro; a mi amiga Raquel la llevó allí un “ciber-amigo” ¡lugar romántico donde los haya! jajajajajaja.

Me emocionó la historia de amor. Las circunstancias de los protagonistas, edad, familia, obligaciones, pensamientos, me resultaron muy cercanas; una historia verosímil. Es curioso que últimamente caen en mis manos libros de pasiones maduras; o quizá es que ahora sólo me fijo en éstas… por proximidad.

El “lado oscuro” de la trama lo conforman ciertas actividades que no pagan impuestos; y que por eso mismo -y por nada más- se sitúan al borde de la legalidad y rozando la delincuencia. Personalmente, desconozco el mundo del juego y de la prostitución; no frecuento esos ambientes ni a las personas que ejercen esas labores, que me parecen marginales y peligrosos. Y sin embargo, el libro no los presenta como algo lumpen, sino como personas normales, con sus amigos, sus costumbres, su cotidianidad. La literatura tiene el poder de hacer que estas situaciones no sólo no provoquen rechazo, sino que incluso se tornen atractivas para el lector, con su punto de romanticismo.

Es muy buena la frase “Si la pareja fuera el estado normal de la raza humana, yo no me habría hecho rico con un puticlub”; y lo más triste es que seguramente sea verdad.

Repasando mi cuaderno de anotaciones, me doy cuenta de que los párrafos que he copiado son todos sobre el mismo tema… Y el libro no es monográfico. Y yo no soy obsesiva (¿o sí?). Sería el momento en que lo leí…

“Los favores de una mujer hermosa pueden ser el remedio para todos los males de cualquier varón mayor de trece años. Aunque con más frecuencia fuesen los causantes.” Me encanta la primera parte.

“Dice la sabiduría popular que la cantidad de mujeres que te van a encontrar atractivo es directamente proporcional a la cantidad de sexo practicado. Incluso ciertas teorías científicas ratifican el asunto mediante la segregación de alguna sustancia que informa que el macho anda servido”. Y corroboro esta aseveración; he podido comprobar de primera mano que el macho más atractivo del grupo siempre será el que lleve anillo de casado.

“No existía una vida por construir; tan sólo quedaban por compartir las escasas fuerzas del cuerpo, un plato de sopa fría y los años desgastándose en las retinas. No tenían tiempo que perder en todos esos conceptos superfluos en que confían los jóvenes: fidelidad, confianza, sinceridad… Su amor bebía de otros manantiales, su amor era un beso de buenas noches.” Precioso, y totalmente real ¿de verdad puede reflexionarse sobre esto siendo tan joven como el autor?

Y ahora me acuerdo de algo que en su día no anote, pero que me emocionó (será cosa de la edad); era una escena en la que Teodoro hablaba de Marisa y decía algo así como que tenía un cuerpo sin terminar, el cuerpo inacabado de una mujer que no ha sido madre ¡cuánta ternura desprendía!

En junio fui a Barcelona a ver a un amigo, y decidí regalarle el libro. ¡No imaginé que iba a ser un trabajo digno de Hércules! Me gusta comprar los libros en librerías, no en centros comerciales; así que me dirigí a las tres ó cuatro más céntricas y renombradas, con nulos resultados. Terminé llevándome el último ejemplar que quedaba en El Corte Inglés… Sí, ya sé que la distribución no ha sido la mejor.

Cuando empecé este blog, lo hice para comprobar lo que ya sabía: que esto funciona a base de “colegueo”. Pero la entrada “Seducción” me deparó varias sorpresas…

  • Primera: alguien me había leído.
  • Segunda: alguien había dejado un comentario por voluntad propia, sin que yo hubiese hecho nada para ello.
  • Tercera: ese alguien era, ni más ni menos que un autor literario, un escritor de verdad (tengo que hablar un día de las personas notorias), que se dirigía a mí, una maruja cuarentona con el suficiente tiempo libre como para hacer esto.Nunca sospeché (la verdad es que ni siquiera me paré a pensarlo) que poniendo una cita, me fuese a escribir su autor.
  • Cuarta: me pedía permiso para poner un enlace desde su página a la mía, sólo por haber mencionado su libro... (A estas alturas, servidora ya estaba estupefacta y tenía las constantes vitales completamente alteradas: ojos como platos, pulso acelerado, boca seca... y todavía no habían acabado las sorpresas)
  • Quinta: el correo estaba enviado ¡el día de mi cumpleaños! Aunque lo abriese tarde, gracias, Mario, por el regalo.

lunes, 8 de septiembre de 2008

MIS LECTURAS



Llegó un día de otoño en que mi cabeza no estaba en orden; pensaba cosas raras. Así que decidí hacer algo para evitar esas ideotas. Necesitaba despejarme, hacer algo nuevo, darme cuenta de otras cosas, abrirme al mundo, distraerme; era una verdadera necesidad para mi salud mental. La solución tenía que consistir en algo que exigiese mi concentración, para que el cerebro no se pusiese a pensar de forma autónoma; tenía que pensar lo que yo quisiera.

Además, me di cuenta de que aquí, en el submundo, hay mucha afición a la literatura (amantes, estudiosos y lo que más, pseudoliteratos). Así que para tener algo de qué hablar, con alguna base sólida, y para domesticar mis neuronas, decidí empezar a leer de otra forma, que quizá sea la correcta, pero que yo nunca había intentado.

Desde niña fui ávida lectora; aprendí a leer pronto, y devoraba todo lo que pasaba por mis manos, primero tebeos, y más tarde novela y teatro; y de todas las calidades: bueno, malo y regular. En mi casa no había libros; no había costumbre, ni tradición, ni conocimientos; eso sí, a mi madre le fascinaban las bibliotecas que había en algunas casas. Identificaba posesión y cultura; si en una casa había muchos libros, es que sus habitantes eran personas muy cultas, no como ella, que apenas fue a la escuela. En mi casa, pues, no había libros para leer. En cambio, mi madre, en su afán de que no fuésemos analfabetos, compraba, casi compulsivamente, todas las enciclopedias que los vendedores ambulantes ofrecían, en cómodos plazos, casa por casa en aquella época; como si la mera presencia de los libros asegurase la transmisión del conocimiento mediante un viaje misterioso desde la estantería del comedor hasta nuestras cabezas. Teníamos enciclopedias generales, infantiles, de piratas, de ciencias naturales, con dibujos, y alguna con nivel más que universitario. Y de todos mis hermanos, yo era la única que las consultaba asiduamente.

Los primeros libros que tuve en casa fueron los que me hicieron leer en el colegio, supongo que serían los clásicos. Con 13 años, para el verano me iba por las tardes a leer a la biblioteca municipal (leía mucho, pero no recuerdo más que un título: Mujercitas), igualito, igualito que los adolescentes de ahora. Y ese mismo año, cuando cobré mi primer sueldo (si así puede llamarse al dinero que me dieron por cuidar de una niña una noche que sus padres salieron a cenar) lo primero que hice fue comprarme un libro (tampoco recuerdo cuál; me estoy dando cuenta de la mala memoria que tengo). Más tarde, mi madre me hizo socia del Círculo de Lectores, y así me aficioné a coleccionar libros.

De adulta he tenido temporadas en que he leído mucho, y otras menos, pero siempre ha habido algún libro encima de la mesilla (o en el cuarto de baño). He leído de forma práctica y sencilla, fijándome en el argumento, como si fuese una película, y cuando se acababa el libro, a la estantería; y al cabo del tiempo, al olvido. Porque de los libros que he leído, recuerdo los títulos (no todos, claro) y de algunos conservo una vaga idea sobre la trama, y si me gustaron o no, pero he olvidado personajes, detalles, e incluso el final de la mayoría de ellos. Y eso que los terminaba todos, todos, aunque no me gustasen, aunque me pareciesen insoportables ¿de dónde vendrá esta manía? (Sé que hay mucha gente a la que le pasa lo mismo ¿será algo generacional, como lo de no dejarse nada en el plato?) En mi caso, pienso que si dejo un libro a medias quizá me esté perdiendo algo verdaderamente bueno ¿y si lo mejor está en el final? Con este pensamiento he leído cosas que me aburrían hasta el coma y, bien mirado, nunca he encontrado un libro que no me gustase al principio y al final me fascinase.

Bueno, pues el puente de Todos los Santos del año pasado, me alejé de personas, de ordenadores, de móviles y de otras influencias y así, aislada, cogí un libro y empecé a leer con detenimiento, prestando mucha atención. Además me preparé un cuaderno y un estuche con bolígrafos de colores, lápices, goma, sacapuntas, rotuladores, corrector y mil accesorios más, de los que sólo utilizo un bolígrafo normal y corriente, pero con la tranquilidad que me da saber que si quiero hacer filigranas, dispongo del material adecuado; debidamente pertrechada, me dispuse a escribir en el cuaderno. Primero la fecha y el título del libro; y a continuación todo aquello que me llamaba la atención: palabras de las que desconozco el significado, para buscarlas en la página de la RAE; párrafos enteros que me recordaban alguna situación o alguna persona; nombres y árboles genealógicos en libros con muchos personajes; frases que me hacían pensar, o que coincidían con alguna idea que yo llevaba por la cabeza; y de repente me di cuenta de que había cosas escritas que me gustaban por la forma en que estaban dichas, palabras que provocaban en mí sentimientos por cómo decían, no por lo que decían (gracias, Mario Benedetti). Esto fue un auténtico descubrimiento... yo siempre tan racional, tan fría, tan "de ciencias", emocionándome con palabras escritas, como un adolescente enamorado que lee poesías (de mi relación con la poesía hablaré en otro momento); será cosa de la edad... Ya lo decía mi suegra "de la vejez a la niñez" y por tanto, de la madurez a la adolescencia, añado yo.

Así empecé a tomarle gusto a apuntar cosas en el cuaderno, sobre todo, anotaciones sobre los libros que he leído últimamente, y con este material, he decidido escribir entradas en el blog, una por cada libro, y plasmar mis impresiones por escrito.

No tengo criterio literario; que nadie piense encontrar aquí una selección de libros buenos (jajajajajaja, seré ilusa, como si alguien fuese a leer esto, jajajajajaja). Sólo sé lo que me parece a mí cada libro en el preciso momento en el que lo he leído; y que el tiempo también puede cambiar la opinión.

jueves, 21 de agosto de 2008

ME GUSTA




Hoy voy a decir cosas que me gustan:

- Me gustan las camisas y blusas blancas.

- Me gusta que me dé el viento en la cara (no el vendaval) y cerrar los ojos.

- Me gusta el chocolate.

- Me gusta reírme con mis hijos.

- Me gustan los retos mentales: sudokus, escribir, problemas de lógica...

- Me gusta el olor a verde (ciprés, boj, césped, hierba, monte)

- Me gusta el sol.

- Me gusta cocinar.

- Me gusta el frescor de las mañanas en verano.

- Me gustan los sonidos naturales: el agua del río, el mar, los animalillos, el viento.

- Me gustan los fuegos artificiales.

miércoles, 20 de agosto de 2008

LA PRIMERA VEZ DESPUES DE LOS CUARENTA




No, no, no, que nadie se llame a engaño. Esta entrada no tiene nada que ver con el sexo. Sólo quiero dejar constancia de que hay muchas cosas que he hecho por primera vez después de los cuarenta; no es una lista cerrada, así que la iré completando a medida que vaya haciendo cosas nuevas.
  • Me compro unos pantalones vaqueros Levis por primera vez a los 41. ¡Seré rancia!

  • Bajo un barranco por primera vez a los 40 (con arnés, casco y monitor, eso sí)

  • Dejo un libro a medias por primera vez a los 41. Ahora sé que somos muchos; hasta ahora era incapaz de no acabar de leer un libro, por muy plasta que fuese, pero alguien me dijo -y me convenció- que leer debe ser gratificante, nada de sufrir, así que "Crimen y Castigo" se quedó sin terminar.
  • Dejo de fumar después de casi 25 años ¡ahí es ná!
  • Termino la carrera.

jueves, 14 de agosto de 2008

SEDUCCION





“Durante siglos nos han convencido de que es bueno resultar atractivas a los hombres, por más que éstos no te resulten atractivos. Ser deseada es bueno en sí.”
(Cuando tu rostro era niebla, Mario de los Santos).

Compré este libro, por recomendación del librero, el día de San Jorge de 2008, y lo leí dos veces seguidas (como suelo hacer últimamente con los libros que me gustan: la primera vez para saber si son de mi agrado, y la segunda para deleitarme con ellos). Y me sorprendió esta frase, que ampliaba a la generalidad de las mujeres lo que creía que me pasaba a mí sola; a saber: que me gusta gustar.

Desde que tengo consciencia de ser mujer, además de persona, he procurado resultar atractiva a los hombres. No quiere decir eso que vaya especialmente arreglada, maquillada, peinada, y con el tacón puesto; nada más lejos de la realidad. Sencillamente, intento encontrarme a gusto conmigo, por dentro y por fuera. Esa sensación interior ilumina el exterior, y los demás lo notan.

Me gusta seducir. Hace mucho que lo sé (y que lo practico, por supuesto). Seducir en general, porque sí; y en particular, a los hombres que me resultan interesantes por cualquier motivo. Seducir de palabra y de obra, con la mirada, la sonrisa, el garbo al caminar, la intención al hablar… (y que nadie me imagine como una especie de vampiresa de cuerpo excitante y mirada cálida, porque no es el caso, jajajajajaja)

Gustar. Solamente eso. Sin ningún otro propósito que el de ser, aunque sólo sea por un momento, ese oscuro objeto de deseo. Gustar a ese compañero de trabajo que me cae tan bien, y gustar al hombre con el que me he cruzado esta mañana por la calle (al que no conozco de nada, y probablemente no volveré a ver nunca). Sentir que he dejado huella, aunque sea breve; que le he gustado y ha pensado en mí en ese instante. Sin ninguna otra intención.

Claro que no lo he asumido siempre así. Al principio era una actitud tan natural y espontánea, que llevaba a equivocaciones; los hombres confundían esta afición mía con sus deseos sexuales, lo que me ha valido más de una vez el calificativo de calientapollas (RAE: persona que excita sexualmente a un hombre sin intención de satisfacerlo). Cuando me dí cuenta de las consecuencias de mi comportamiento tuve que frenarlo, y más tarde, refinarlo; con los años, la seducción se hace menos evidente, más sutil, de forma que cuando sea conveniente, puedes negarla, porque no es manifiesta ni palpable, es todo como un juego de doble intención.

(Desde otro punto de vista, podría desarrollarse una teoría que sustentase la seducción femenina en la necesidad natural del apareamiento, y advirtiese cómo la sociedad -¿o la religión?- ha ido imponiendo limitaciones a la naturaleza mediante restricciones morales, pero ahora estoy hablando sólo de mí, no de teorías generales).

Siempre he creído ser un bicho raro por esta inclinación. Pero al leerla en un libro, y escrita por un hombre, he comprendido que debe ser algo bastante generalizado en las mujeres. Y no es que me encuentre más aliviada por ello, ya que el gusto por la seducción nunca me ha suscitado ningún remordimiento de tipo moral ¿debería haberlo sentido? no lo sé. Es cierto que de vez en cuando se escucha o se intuye que una mujer decente debe procurar gustar sólo a su marido, y punto; pues yo quiero gustar a todos, al menos a todos los que me resultan interesantes, ¿soy inmoral? ¿soy un putón virtual? no me importa, me interesan poco estas calificaciones.

Ah, y de la seducción por la escritura, la seducción en la red, también podría hablar, pero lo dejo para otro día.

miércoles, 13 de agosto de 2008

JUSTIFICACION II



Ya he dicho que nadie lee blogs ajenos si no es para que lean el suyo (principio de reciprocidad bloogera). Yo no leo blogs ajenos con regularidad (no me gusta la adulación gratuita ni el halago por interés). Conclusión: nadie va a leer mi blog. Entonces… ¿qué hago aquí escribiendo? Pues… ocupar parte de mi tiempo en una actividad que me haga pensar un rato. Esto es un desahogo personal, un ejercicio de contar, de expresarme, de mostrar “mi otro yo” (el que queda oculto para quienes me conocen en la vida real, pero de esto ya hablaré otro día); y finalmente es un estímulo, necesito explicarme, entrenar la mente, ejercitar las neuronas, como el que necesita hacer deporte todos los días.

De acuerdo, para eso no hace falta abrir un blog, puedo hacer esto mismo en un cuaderno, tipo “querido diario…”; de hecho, tengo mi cuaderno -tamaño cuartilla, que cabe en el bolso- en el que voy apuntando cosas, copiando frases del libro que estoy leyendo en cada momento, porque me gustan, me sugieren o me llaman la atención; también anoto palabras que no conozco o que creía que se escribían de otra forma, para buscarlas en la página de la RAE; ideas que me asaltan para después desarrollarlas aquí, alguna rima, en fin, “mis devaneos”. El cuadernito de marras no está escondido, pero tampoco lo dejo en cualquier sitio; si alguien tuviese interés lo podría leer, pero creo que no despierta tanta curiosidad, y además, no creo que lo entendiesen, seguramente parecerá absurdo. Me gusta escribir en papel, deslizar el bolígrafo, moverlo, intentar hacer buena letra… Sí, me gusta. Por eso copio, copio muchas cosas. Pero para desarrollar ideas me desenvuelvo mucho mejor con la tecla; disfruto pulsando, borrando, leyendo, repasando, cambiando una frase, una palabra, buscando un sinónimo, pongo una coma, no, mejor un punto y coma, vuelvo a cambiar el párrafo…

Sí, es cierto, tampoco eso justifica que abra un blog; puedo escribir en el ordenador y guardar el documento, sin necesidad de hacerlo público. Pero… me resulta tan excitante pensar que alguien pueda leerlo; por supuesto, alguien ajeno a mí, extraño, que no me conozca previamente (decididamente, tengo un punto de exhibicionista). Lo que en realidad me da morbo es pensar que, sin decirle a nadie que he abierto un blog, alguien va a entrar, y lo va a leer ¿qué pensará? ¿qué idea se formará de mí? ¿dejará un comentario o me mandará un correo electrónico? (esto debe ser vanidad ¿no? ya tengo tema para desarrollar otro rato)

martes, 12 de agosto de 2008

TEORIA DEL PANDILLISMO INTERNAUTA


Hace un par de años que empecé a conocer este mundo de los blogs, bien porque amigos o compañeros me decían que habían abierto uno, o bien porque llegaba a ellos a través de google en busca de alguna información. El resto, simplemente, no me interesan; prefiero jugar al ajedrez.

Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de gente que entra a leer lo que otros (no importa quiénes sean ¿o sí?) cuelgan en internet. Sobre todo, teniendo en cuenta que los blogs informativos no son siempre fiables, pues no hay responsabilidad para quien afirme falsedades; y que los blogs de opinión o de contenido personal (como este mío) no suelen ser interesantes (salvo para su autor). Sólo se me ocurría pensar que había personas que tenían mucho tiempo para poder dedicarse a bucear por aquí, y leer, y dejar por escrito sus impresiones.

Pero un poco más tarde descubrí lo que yo he llamado “el pandillismo internauta”, que se basa en dos principios fundamentales: “los amigos de mis amigos son mis amigos” y “yo te leo, tú me lees, él nos lee”. Lo voy a explicar en primera persona. Yo hago un blog, y si quiero que me lean (que para eso lo hago), primero debo promocionar mi producto (o sea, darme publicidad y autobombo). Para ello, busco otros blogs de contenido o intereses parecidos a los míos, y los visito; cortésmente escribo algún comentario diciendo lo bueno que es (la vanidad nos pierde a todos) y, de paso, como el que no quiere la cosa, dejo caer que yo también tengo mi propio blog, al que invito gustosa a todo el que quiera venir. Tanto los autores de los blogs que visito, como sus amigos (que le leen asiduamente) ven mi comentario y aunque sólo sea por curiosidad, probablemente la mayoría vienen a visitarme; como además las reglas de la educación dicen que hay que corresponder (es de bien nacido ser agradecido), muchos me dejan sus amables comentarios. Con todo esto, ya tengo lectores, visitantes, y comentaristas asegurados (aunque previamente haya tenido que pagar el impuesto revolucionario de mi halago, y deba seguir haciéndolo periódicamente). Y por último, hay que tener en cuenta que como cada uno añade enlaces a las páginas de los demás, ya tenemos la estructura reticular que sustenta la pandilla. Entrando a visitar uno de los blogs, podemos ir al de todos sus amigos.

Así pues, la mayoría de los blogs son leídos siempre por las mismas personas (las de la pandilla), y por razones de reciprocidad y educación (te leo porque me lees). Seguramente hay excepciones; posiblemente habrá quienes lean por auténtico interés personal e incluso quienes lean blogs y no tengan el suyo propio... No conozco ninguno de estos casos, pero, como las meigas, seguro que haberlas, haylas…

viernes, 8 de agosto de 2008

¿Es necesario en verdad lo de hacer publicidad?



Desde aquí les contaré

mi visión particular
de este mundo singular,
donde hay mucho parípé,
peloteo y "bien quedar".
Y se lo voy a explicar
aun a riesgo de acabar
con ojo a la virulé.


Resulta que lo que mola,
lo que gusta y lo que excita
es tener mucha visita,
y saber que no estas sola,
que lo que escribes se lee;
y aunque alguno te abuchee,
más de uno te felicita.
Porque no hay quien se resista
a que alimenten su ego;
y yo tampoco reniego,
pues me gusta, desde luego,
sentirme como una artista
o princesa diediochista
con su bufón palaciego.

Aunque queda una cuestión;
pues si quieres recibir
de visitas mogollón,
y quieres verles decir
que les gustas un montón,
y que tu blog es fetén,
lo primero has de existir
y caerles requetebién.
Por lo tanto, es necesario
que te des a conocer;
en cien blogs has de meter
las narices, solidario,
para que te puedan ver.

Escribes: "Me llamo Mario,
me parece extraordinario,
tu blog" (es un suponer).
Y a continuación vender,
cual soldado merecenario,
tu blog tan sensacional;
de este modo el personal
que se quiera entretener
te dejará un comentario
mostrando su parecer.

Por eso has de conocer
la norma fundamental
que rige el mundo virtual:
lo que quieras obtener
antes debes ofrecer.

O sea, que si yo quiero
que alguien me lea y me escriba
y me diga ¡ole! y ¡viva
tu gracia, arte y salero!,
he de visitar primero
su blog y dejar misiva
que pondere con esmero
su trabajo como escriba.

Propongo un experimento:
no voy a publicitar
(por lo menos, de momento)
mi blog, mi entretenimiento;
y no pienso visitar
otras páginas, lo siento.
Pero debo demostrar
si es verdad o si es que miento
con todo este pensamiento
absurdo e impopular.
Y así podré comprobar
que nadie entrará a mirar
el blog, ni a darme su aliento,
que se pierde mi talento
como una gota en el mar..



miércoles, 6 de agosto de 2008

JUSTIFICACION I



“Escribo para mí solo” “El hombre que escribe vive con la esperanza de que sus palabras serán leídas, y que la posteridad glorificará sus actos y su cordura” (Sinuhé el Egipcio, Mika Waltari)

Escribir nunca había sido lo mío, o eso creía yo, mujer de ciencias puras, ávida lectora, pero que jamás había sentido el impulso de escribir. Sin embargo, hace cosa de un año empecé a escribir cartas, una relación epistolar (cibernética, por supuesto), y descubrí que, si me lo proponía, podía hacerme entender, podía contar cosas con palabras. Mis amigas me decían ¡qué bien escribes, Mari, qué bien te explicas! Me cuesta mucho esfuerzo, desde luego, pero al releer, disfruto de lo escrito, me gusta, considero que ha merecido la pena.

Cuando la relación epistolar dejó de ser fluida, ya había adquirido la costumbre de escribir, así que seguí haciéndolo, pero para mí; cuando me apetecía ponía por escrito mis reflexiones, mis pensamientos, lo que me pasaba… Así tenía un rato de recogimiento personal, me dedicaba a pensar, y aclaraba mis ideas. Pero dejar todo ese trabajo dormido en el limbo de la carpeta “borradores” me parecía una pérdida de tiempo, y dejé de hacerlo.

Este verano me he encontrado con mucho tiempo libre, demasiado, y me han venido las ganas de escribir; escribir como ejercicio mental, como el que hace sudokus o crucigramas. Es una distracción agradable; me gusta y me entretiene, a pesar de que me cuesta trabajo hacerlo. Porque las palabras no me salen solas, sino que necesito pensar, en silencio, sin que me molesten, y con el auxilio imprescindible de la página web de la Real Academia de la Lengua.

La comunicación exige, además del emisor, un receptor del mensaje; y como no quiero comprometer a ninguna de mis amistades, he decidido abrir un blog, completamente anónimo, en el que expresar libremente mis devaneos.

Soy consciente de mis limitaciones. Ni sé escribir bonito, ni sé describir florido, ni tengo cosas interesantes que contar. Pero paso el tiempo entretenida, discurro y ejercito mis neuronas, y pienso en mis cosas, personales y privadas, reflexiono y las pongo por escrito (y si alguien las lee, mejor que mejor, pero sobre ese tema… hablaré otro día).