martes, 21 de octubre de 2008

DEPORTE

Hoy estoy contenta; un poco enfriada, pero contenta, contenta con mi vida, contenta conmigo misma, contenta con lo que soy, y con lo que tengo. ¿Por qué? Ah, es un misterio que no sé si conseguiré desentrañar. Por qué, dándose las mismas condiciones ambientales, unos días todo el mundo es guapo y está simpático y otros días la gente que te rodea es huraña y gris; ¿por qué a veces parece que llevas puestas las gafas con los cristales de color de rosa, y a veces las que llevan los cristales ahumados? ¿Alguien sabrá la respuesta? Sería fantástico lograr que siempre estuviésemos positivos, de buen humor. O, ahora que lo pienso, si no supiésemos lo que es el pesar, el abatimiento, no disfrutaríamos de la felicidad; los opuestos existen porque forman una pareja indisoluble; sin uno no hay otro. No habría blanco sin negro; no hablaríamos de limpieza si no hubiese suciedad; no nos sentiríamos tristes si nunca nos hubiésemos sentido felices, y así para todo. Desde que nacemos. Vivimos porque tenemos que morir; sin muerte no habría vida (qué filosófica me pongo). Entonces... es necesario sentir los dos términos para valorarlos; estar triste a veces, para disfrutar de la alegría.

Sigo contenta. Me encuentro a gusto en mi cuerpo, a pesar de todo; bueno, "a pesar de todo" quiere decir a pesar de la edad y del paso del tiempo (lo del paso del tiempo lo dejo para otra entrada). Y creo que es porque estoy haciendo algo de deporte. ¡Si! ¡Yo! La única de la clase que fue incapaz de correr un kilómetro en el instituto (ninguno de los cursos), sin tener ningún problema físico. Mi relación con el ejercicio siempre ha sido nula; no me ha gustado. Y desde que dejó de ser obligatorio, no he vuelto a hacer nada (excepto andar por el monte, un par de semanas al año, como mucho).

Pero hay momentos en que se modifican las perspectivas, y cambian las actitudes. Será cosa de la crisis (de los 40, de los 42, de los 48...), crisis en su acepción de cambio, no de elemento negativo, como dice la RAE: Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.

Así, el año pasado, alguien a quien quiero mucho me animó a correr "ya verás qué bien te encuentras, yo estoy feliz cuando me voy a correr, te sentará fenomenal". Lo intenté, pero más por complacerle que por mí. Me iba por las tardes un rato a correr, pero, primero, me daba vergüenza (soy tan perfeccionista que si no hago las cosas bien, prefiero no hacerlas...), y segundo, me cansaba enseguida, así que iba alternando el trotecillo con el paseo rápido. Así estuve un par de meses, saliendo tres o cuatro veces por semana, y nunca fui capaz de correr un kilómetro seguido. Patética. Nos dejamos. Sin embargo, me di cuenta de que me sentaba bien lo de salir de casa a que me diera el aire; así que he seguido haciéndolo cuando me apetece, salir a andar, a pasear, a mirar, a ventilarme.

Y este año, yo sola, por mí misma (la única manera de hacer las cosas), decidí empezar a nadar. Voy un par de veces a la semana, y me sienta de maravilla; me noto viva; al principio terminaba muerta, me dolía todo (falta de práctica) pero le voy cogiendo el gustillo. Y, además, me estoy acostumbrando a utilizar la bicicleta como medio de transporte, no como ocio. Saco el coche lo menos posible (cuestiones económicas, ecológicas y físicas), y procuro ir en bicicleta a los sitios que puedo, y si no, andando o en autobús. Me gusta la calle. Me deleito en mis paseos, me fijo en la gente, en las baldosas, en los edificios, en una fuente, un árbol; siempre descubro alguna cosa que me llama la atención.

Disfruto. Disfruto en el agua, disfruto en la bicicleta, disfruto de la calle, disfruto de mí, y creo que por eso estoy más contenta.

lunes, 20 de octubre de 2008

MAS FILOSOFIA DE CALLE



Son un filón mis tenderos (me gusta la palabra “tenderos”, porque suena a antigua, a pueblo, a familiaridad).

Hoy toca la frutería. Mis fruteros (a todo le pongo el posesivo, pero es que no son unos fruteros cualesquiera, sino los míos, los que me venden con todo su cariño el melocotón y la coliflor). Mis fruteros son un matrimonio de mediana edad, que también tienen su filosofía. Las personas que trabajan de cara al público y con clientela habitual (camareros, tenderos…), tienen su forma particular de ver la vida y de tratar con la gente.

Mi frutera tiene mucho desparpajo, como tiene que ser. Va siempre muy arreglada, desde el punto de la mañana, con el pelo bien puesto y el ojo pintado, que no sé cómo tiene ganas, pero está estupenda todos los días (es envidia cochina, pues servidora tiene sus días mejores y sus días peores, pero ella siempre, siempre, está impecable) y sonriente. A mi juicio, esa forma de ser también tiene mucho mérito; o a lo mejor sucede como con la imaginación, que se nace con esa gracia o no, al capricho de los hados.

El otro día presencié una conversación que me gustó, y enseguida pensé en escribirla aquí. La frutera salerosa estaba ofreciéndole unas naranjas a una clienta bastante sosa (aunque para esto de la sal, también hay gustos, por supuesto).
  • Llévate naranjas, que están muy buenas.
  • ¿Ya hay naranjas?
  • Ahora hay naranjas casi todo el año. Estas son de Uruguay, ¡riquísimas!.
  • ¿De Uruguay? No me digas, eso, dime que son de Valencia...
  • Ya estamos! ¿Y qué más da de dónde sean? ¡Mira por dónde...! Cuando uno quiere un buen coche no se compra el mejor Opel del mercado, no señor; se compra un Mercedes, porque puede. Los perfumes han de ser franceses, los demás no huelen igual. Aaaamigo, pero los tomates… ¡los tomates han de ser de Zaragoza!

domingo, 19 de octubre de 2008

IMAGINACION





Tenía preparadas unas ideas sobre este tema, para algún día, y aprovechando el último comentario, hoy toca. Lo primero que voy a hacer es aclarar a Las Cosquillas del Lobo que no subestimo casi nada, y al miedo tampoco; es cierto que no lo comparto, pero sé que hay personas que lo sufren, como mi prima Pili. Por tanto, no lo considero algo estúpido, sino propio de personas cándidas, inocentes, confiadas, e imaginativas… y ahí voy, a la imaginación.

No tengo imaginación; nunca la he tenido, ni siquiera de pequeña. Y no creo que sea capaz de desarrollarla, es una condición que se tiene o no, y a mí no me tocó. La naturaleza es así de caprichosa en su reparto de cualidades; no dota a cada uno de un poco de todo, sino que las distribuye aleatoriamente: mucha imaginación, menos paciencia, abundante melena, memoria escasa, hombros bonitos, buena mano para la cocina, poca sensibilidad… y así con todo lo demás. Es más entretenido.

Supongo que el que tenga imaginación será capaz de desarrollarla conforme la ejercite, pero cuando no se tiene… no se tiene. Y eso ocurre desde la infancia; yo nunca he tenido imaginación. Cuando era pequeña, mi hermano jugaba con el Exin Castillos, y hacía construcciones fantásticas; yo a lo más que llegaba era a copiar -eso sí, primorosamente- los modelos de la caja. Y he tenido ocasión, al tratar con niños, de comprobar que sigue siendo así. Unos inventan juegos con cualquier cosa, plastilina, pinzas de la ropa, cajas, papeles… y otros son incapaces, porque carecen de esa facultad.

Nunca he sabido inventar. Si tenía que pintar un cuadro, lo copiaba; si tenía que hacer un dibujo, lo copiaba; si tenía que hacer una mantelería, copiaba la labor; si había que hacer una redacción en el colegio, mis temas siempre eran reales y tangibles, basados en algo que me hubiese pasado, y lo mismo me ocurre con este blog. Mis juegos consistían en copiar; hacía puzzles según el modelo, hacía experimentos con el QuimiCefa siguiendo rigurosamente las instrucciones, incluso cuando tocaba la guitarra, las canciones siempre eran de otros. Se me da bien el trabajo mecánico, la paciencia, probar una y otra vez, los sudokus, el ajedrez (sin florituras). Son actividades cuyas reglas son rígidas y están establecidas; sólo hay que aplicarlas. Ni siquiera mis rimas son creativas, eso sí, están perfectamente medidas y rimadas.

La imaginación, la fantasía, me resultan ajenas. Me gusta mucho leer, pero tampoco me atrae la literatura de ficción (salvo excepciones).

Ya decía Serrat que “no hay nada más bello que lo que nunca he tenido”. Como soy consciente de mi falta de imaginación, tiendo a sobreestimar a las personas fantasiosas; admiro a los que saben inventar historias, poemas, libros, películas, canciones… La creatividad me resulta tan inexplicable, que me deslumbra (esto lo dejo para otra entrada).

Por eso quizá mis miedos, si los tengo, deben ser bastante reales (aunque estoy pensando, y ahora no se me ocurre que tenga miedo a nada en especial… ah, sí, me da miedo la enfermedad en general, y el dolor en particular). Pero como apenas tengo imaginación, no soy capaz de fantasear muy a menudo ni con muchas cosas, así que me evito los malos tragos y, si Las Cosquillas del Lobo tiene razón, también me privo de buenos ratos.

jueves, 16 de octubre de 2008

ICOSAEDRO


Icosaedro: sólido limitado por veinte caras. Como nosotros, que también tenemos veinte caras distintas, o más, tanto en la vida real, como en la virtual; distintas facetas que conforman un mismo cuerpo, y que no siempre mostramos a los demás a la primera de cambio.

En cualquier relación, al principio, procuramos mostrar sólo las caras del icosaedro mejor decoradas, las más bonitas, e intentamos esconder las más imperfectas, las abolladas; hay algunas caras que son tan transparentes que se ven desde cualquier lado, aunque las queramos ocultar. Pero con el paso del tiempo, casi todas las caras (casi todas) terminan por descubrirse. No podemos hacer como la luna, esconder una cara y enseñar la otra, siempre la misma; el contacto, el roce, la intimidad, muestran también la otra, que es parte de nosotros.

Y toda esta tontería viene a cuento de la comunicación mediante la palabra escrita (aunque parezca mentira) a través de la cual solamente vemos/mostramos alguna de las caras del icosaedro al que nos he asimilado.

Intentaré explicarme. Dejando de lado la comunicación impersonal, dirigida a todo el mundo en general y a nadie en particular (libros, por ejemplo, páginas web, blogs…), he estado pensando en la comunicación directa, personal y escrita a través de internet, bien por correo electrónico, comentarios, juegos, chats, etc.

Cuando leemos un texto en la pantalla, lo único objetivo que podemos hacer es comprender el significado de las palabras utilizadas (siempre y cuando su autor maneje correctamente ortografía y sintaxis). También se puede, si la hay, apreciar la belleza de su combinación (aunque sea una apreciación subjetiva, pues, a mi juicio, no existe nada que sea hermoso por sí mismo, bello para todo el mundo, sino que es una cuestión particular de cada uno). Incluso podemos atrevernos a leer entre líneas, o a descubrir significados personales en algunas palabras, siempre y cuando autor y lector hayan mantenido una relación previa que les permita esa interpretación.

Y casi nunca podemos ir más allá. No podemos asumir ni comprender la totalidad de lo que quien escribió llevaba en mente, porque hay cosas que resultan muy difíciles de plasmar en un texto.

Por ejemplo, la entonación. Cuando a mi amiga Julia le cuento alguna cosa que me han escrito, me dice: “esa entonación es la que le pones tú”. Y efectivamente, un mismo texto puede leerse con distintas entonaciones, que le dan ciertos matices, y por tanto, dan lugar a diferentes interpretaciones. La entonación hay que adivinarla (a no ser que el texto contenga instrucciones precisas del tipo “leer con entonación pícara” o “leer con voz grave, que estoy muy cabreada”), y no siempre coinciden la de quien lee y la de quien escribe. En la comunicación telefónica se pueden apreciar las inflexiones vocales, pero por aquí… no.

Otra cuestión que tampoco se refleja en el texto es el gesto, la expresión de quien comunica, la postura corporal. En el contacto directo, vemos la cara de nuestro interlocutor, que muchas veces comunica más que las palabras que pronuncia, que son un mero apoyo de su semblante. En el lenguaje escrito e interpersonal es muy difícil adivinar con qué cara te están escribiendo; incluso un simple “ja” ¿es una risa graciosa? ¿es irónica? ¿es incrédula? ¿es de hastío? ¿te están insultando? Si pudiésemos vernos las caras u oírnos el tono, la cosa cambiaría.

Como consecuencia de todas esas carencias, la relación escrita lleva aparejados muchos malentendidos, al menos en sus inicios; yo he escrito una cosa y tú has entendido otra distinta. Obviamente, cuando la relación dura un tiempo, se van aclarando los equívocos y se va entendiendo la intención, y la comunicación se hace más sencilla en las dos direcciones. Pero al principio, no podemos captar la esencia del otro, el icosaedro en conjunto; sólo podemos hacernos una idea de lo que nos dice a través de lo que nos muestra (las dos ó tres caras del sólido que nos deja ver).

Y todo esto viene a raíz del comentario que Las Cosquillas del Lobo dejó en mi entrada anterior (hay qué ver, la de vueltas que le doy a las cosas…). La primera vez que lo leí pensé que me estaba echando la bronca, y, sinceramente, no me gustó (aunque ya sé que si escribes en público te expones a eso) ¿por qué me reñía alguien que no me conoce de nada? ¿quién es para juzgarme y para darme lecciones de moralina “no hagas esto, no creas lo otro”? ¿no ha entendido lo que quería contar, o, lo que es peor, no he sabido explicar lo que tengo tan claro dentro de la cabeza?

Después de pensarlo de nuevo, llegué a la conclusión de que no lo había interpretado bien. Seguramente no había leído con la entonación adecuada, o con la predisposición mental correcta; sólo había visto un par de caras del icosaedro y así no puedo formarme una idea adecuada del conjunto. Al fin y al cabo, es alguien que se toma la molestia de opinar correcta y educadamente sobre algo que he escrito, lo que demuestra que me lee con cierto interés. Así que decidí leerlo desde otra perspectiva, desde la del “buen rollito”, que seguro que es más acertada.

Y han vuelto a salirme un montón de líneas; no puedo evitar alargarme tanto, además disfruto mientras lo escribo. Y para colmo, no he contestado a Las Cosquillas del Lobo sobre el contenido de su comentario; otro día será. Saludos y sonrisas.

miércoles, 8 de octubre de 2008

LEYENDA URBANA



Aprovechando que se había cambiado de piso, mi prima Pili nos invitó este año, a todas las primas (ocho mujeres de la misma familia), a cenar a su casa. ¿Qué se le regala a alguien que estrena casa? una planta, que es muy decorativa y contribuye a crear hogar. Le llevé una maceta con varias drácenas (unas plantas parecidas a palmeras) de diferentes alturas.

Cenamos, bebimos, nos reímos, hablamos mucho, seguimos bebiendo, nos reímos más, nos enseñamos los sujetadores, la ropa nueva, otro trago (uy, otra copa, que queda mucho más fino), conversaciones de sexo, más risas, más bebida… Bueno, terminamos la noche muy animadas, y nos despedimos hasta la próxima (a ver si no tardamos un año en volver a juntarnos, lo mismo de siempre…).

Al día siguiente, a las once y media de la noche, me sonó el teléfono ¡vaya susto! Era mi prima…

  • Prima... perdona que te moleste tan tarde, pero ¿cómo se llama la planta que me trajiste ayer? ¿un tronco de Brasil?
  • No… es una drácena (léase con tono de pensar: ¿y para eso me llamas a estas horas?)
  • Es que… esta tarde, estaba sentada en el sofá, y he empezado a oír un ruidito extraño… y de repente, me he acordado de que una vez me contaron que los troncos del Brasil, y otras plantas tropicales, como vienen de la selva, muchas veces tienen depositados en sus hojas diminutos huevos de araña, de tarántula… Y ese ruidito era como de huevos que se abren…
  • (Silencio en mi lado del teléfono. No daba crédito. Como dice Fito, mis ojos como el Coyote cuando ve al Correcaminos)
  • Y, claro, con mi aracnofobia… lo estoy pasando muy mal, tenía que preguntarte.
  • Pili, yo tengo una planta igual que la tuya en mi casa, hace más de seis años, y todavía no he visto ninguna araña, ni tarántula ni viuda negra, ni nada.
  • Ah… ¿tú la tienes? ¿y no has notado nada?
  • No, nada de nada. Pero si te vas a quedar más tranquila, sácala a la terraza.
  • Sí, sí… y mañana iré a una floristería de unos amigos, a preguntar ¿cómo has dicho que se llama la planta?
  • Drácena.
  • Vale, perdona por llamar tan tarde, pero es que estaba muy nerviosa…

Nunca hubiese pensado que nadie se creyera estas cosas... leyendas urbanas... Pero, pensándolo bien, no sé de qué me extraño, si mi prima Pili todavía cree en el Príncipe Azul... a sus 48 años. ¿Ignorante? ¿Cándida?

lunes, 6 de octubre de 2008

SENTIDO Y SENSIBILIDAD, Jane Austen (1811)


Decididamente, no todos tenemos los mismos gustos literarios. Yo pensaba que los libros buenos eran buenos para todo el mundo, pero he cambiado de opinión. A cada uno le gusta una cosa, lo mismo en cuestión de hombres, de música, de perfumes, ropa, arte, zapatos o libros. Podemos confiar en que lo que le ha gustado a alguien afín, puede también gustarnos, pero sin rotundidad.

Alguien a quien considero (o consideraba hasta entonces) modelo de lector, me recomendó este libro, porque le había entusiasmado. Y a pesar de leerlo con devoción, no me gustó nada de nada. Me pareció un pastel, melindroso y empalagoso.

Así que he decidido asumir y proclamar que si un libro no me gusta, no me gusta; sin complejos. Aunque sea una obra maestra de la literatura universal (ese es el juicio de los críticos y de los expertos en la materia, pero no tiene por qué ser dogma de fe ¡a estas alturas!).

Pese a todo, he rescatado de mi cuaderno tres citas que copié en su momento:

“Hay algo tan delicioso en los prejuicios de una cabecita joven, que uno se pone triste al ver que termina por pensar como los demás.”

“Cuando la romántica delicadeza de una cabeza juvenil tiene que desaparecer, a menudo da paso a opiniones más vulgares y peligrosas”.

Estas dos primeras frases me resultaron muy familiares. Me recordaron mi adolescencia (sin añoranza ni melancolía, sólo recuerdo de una época), a pesar de los 150 años transcurridos entre una y otra; la adolescencia actual tampoco es tan distinta.

Es el entusiasmo por el comienzo de algo nuevo (la vida adulta, claro); la ilusión de empezar, la misma con que se estrena un cuaderno, se acomete un nuevo trabajo, una nueva empresa, se empieza un curso, o cualquier otro reto. Esa frescura y ese descaro, esa irreflexión, esa vehemencia, ese romanticismo… son los mismos.

Y no puedo evitar sonreír cuando veo a los chicos y chicas de 14 ó 17 años, hablando apasionadamente de lo justo y lo injusto, luchando por sus utopías y sus ideales, defendiéndose de todo este mundo que está en su contra, exaltando la amistad con abrazos emocionados a sus amigos, llorando con ellos, escribiendo los APS (“amigos para siempre” por si alguien no lo sabe) con que decoran sus mochilas, estuches, notas, escritos, e-mails. Es una sonrisa de ternura, de comprensión, de apoyo a ese entusiasmo, y a esos sufrimientos y padecimientos (por cuestiones bien distintas a las que sufrirán cuando sean adultos, pero que les sirven de entrenamiento). Me resultan entrañables, porque sé qué es eso, y porque me veo a su edad, haciendo las mismas cosas.

Me emociona contemplarlos desde la distancia que da los años, y ver la pasión y la rebeldía; y me apena (un poco, lo justo) saber que se pasarán. Que verdaderamente nos volvemos -se volverán- más homogéneos, más vulgares; que los extremos juveniles se van confundiendo en una zona central; que la juvenil vehemencia se convierte en la serena madurez; y que los años nos descubren infinidad de matices de gris, donde antes sólo existía el blanco y el negro.

A ver si voy a parecer tan ñoña como la Austen. Que no me olvido de las malas caras, del mal genio, de las malas contestaciones, del botellón, el tabaco, “a mis amigos los elijo yo", "la familia es impuesta”; todo eso… en el mejor de los casos. Pero esas actitudes menos adorables también son apasionadas y vehementes; y es eso lo que me inspira ternura.


“Yo no veré más que cimas empinadas, donde otros las verían altivas, tierras quebradas y ásperas, donde otros animadamente variadas; sólo objetos perdiéndose en la lejanía, cuando para otros flotarían en una atmósfera de nebulosidad luminosa. Puede darse por satisfecha con la admiración que manifiesto con llaneza.”

Esta última cita no hace sino reafirmarme en mi incapacidad para la floritura. Yo también vería cimas empinadas y objetos lejanos, sin más adjetivos. (Y debería parecer contradictorio con mi verborrea textual; pero, aunque puedo escribir sobre cualquier cosa… no sé poner adjetivos bonitos, ni recurrir a sutiles metáforas.)




Postdata: Mmmmm... muy deprisa creo que he publicado esta entrada... No sé si me convencerá del todo.

martes, 30 de septiembre de 2008

BESOS (rehecho)




Hoy voy a despotricar contra la ola de cariño que nos invade… Hace días que tenía ganas de reflexionar sobre este tema, que me descompone, todo hay que decirlo. ¡Lo besucones que nos hemos vuelto de un tiempo a esta parte!

La primera vez que me sorprendió el tema del beso fue en un entierro en el pueblo (algún día contaré cómo son los entierros en mi pueblo, dignos de un documental antropológico), cuando me daban el pésame. Que la gente joven me diese dos besos me pareció normal; pero cuando se me acercó un hombre de unos setenta u ochenta años a darme dos besos… fue un impacto. Y a ese hombre le siguieron otros que, por supuesto, me daban dos besos. Superado el momento de la sorpresa, el siguiente sentimiento fue de lástima; me besaban con incomodidad, eran besos de personas que no están acostumbradas a besar (ni a ser besados); me besaban porque se había puesto de moda ser cariñoso, esforzándose por dejar de lado la tradicional dureza en que se habían educado los hombres. Se les veía violentos, pero obligados a hacer lo que todo el mundo hacía… y me dieron pena.

Estos besos forman parte de las relaciones humanas actuales; y las personas más mayores han tenido que adaptarse a estas nuevas costumbres, aunque no las hayan conocido anteriormente. Hace 60 años, por ejemplo, en mi pueblo los hombres sólo besaban a la madre (y a la mujer o a la novia en la más estricta intimidad). No existían estos “dos besos” que han sustituido al apretón de manos en los saludos y en las despedidas.

A éstos yo los llamo “besos sociales”, porque son besos físicos, que se dan (o se amagan) pero cuyo contenido no compromete a nada. Suelen darse entre mujeres, o entre mujeres y hombres; entre hombres sólo he observado “beso social” cuando se trata de familiares cercanos, o cuando uno de los dos es homosexual.

Pero además de éstos, existen los besos “virtuales” o “ciberbesos”, que descubrí aquí, en internet. Desde el primer momento me desconcertó la facilidad que tiene la gente para besarse… virtualmente, claro. La gente se despide con besos, besotes, besicos, muakas, besiños, piquitos, kisss, xxx, besis ¡qué hastío!… Que no digo yo que de un amigo o una amiga te despidas con un beso, pero ¿de un simple conocido o incluso de un desconocido? Me asombra… No sé si en la calle la gente se besará físicamente, pero no tienen ningún pudor en besarse oralmente y por escrito… ¡con cualquiera!

Y también están los besos “orales” o de palabra; la gente ahora se manda besos incluso por teléfono “un beso”. Me quedo estupefacta. Las conversaciones empiezan con un “hola guapa” “hola cariño” “qué tal guapo” y terminan con “un beso” “un besito” o similares… y lo admito cuando el cariño es verdadero, o incluso solamente posible, pero… ¡entre compañeros de trabajo! tanto empalago me da náuseas…

Y la gota que ha colmado el vaso de mi asombro han sido los “radiobesos”. Hace tan sólo diez años era impensable que un locutor de radio terminase una entrevista telefónica con “un beso”, o una llamada de teléfono de un oyente con “un beso grande”. Inconcebible ¿no? Pues ahora ocurre así; en las cadenas de música de frecuencia modulada, y en las cadenas más formales de entrevistas, de onda media.

¿De verdad la gente va besando por ahí a todo titirimundi? ¿alguien imagina una carta, de las de hace unos años, que no fuese destinada a alguien a quien se quiere de verdad, que terminase con "un beso"? ¿y una conversación telefónica? Inimaginable… Y no es que yo sea una defensora del lenguaje excesivamente formal, rígido y encorsetado, pero me parece que con las muestras de cariño se está exagerando, porque no son verdaderas.

Todo ello sin olvidar que el beso es cosa de dos, siempre; y que a nadie puede obligársele a recibir un beso. En la vida real quien no quiere ser besado puede mostrarse distante, intentar apartarse, esquivar, ponerse borde, tratar de no dar pie… o, en fin, compensar el beso no querido con una bofetada, o incluso con una denuncia. Pero a quien te manda un beso por teléfono, en un correo electrónico o en una conversación, sin venir a cuento y sin pedir permiso… ¿cómo le das a entender que no quieres sus besos sin molestarle y, sobre todo, sin parecer gilipollas?

Y respecto de la calidad, Mario Benedetti, en La Tregua, decía “Al que llora todos los días, ¿qué le queda por hacer cuando le toque un gran dolor?” (¡Ay!, si yo supiera decir las cosas así de claras, exactas y breves… pero Dios no me ha llamado por el camino de la concisión, así que tendré que conformarme con mis otras virtudes). Pues con los besos puede decirse lo mismo: al que besa a troche y moche, a todas horas y a todo el mundo ¿qué le queda por hacer cuando le toque un gran amor, un sentimiento profundo, un cariño verdadero?

Una vez asumido el “beso social”, y dejando de lado los besos físicos (que admiten muchos matices porque van acompañados de gestos y actitudes que permiten calibrar el afecto que manifiestan), me estoy refiriendo, naturalmente, a los besos intangibles, los dichos y los escritos. Cuando alguien por teléfono, en un correo, o en una conversación virtual se despide con “un beso” ¿qué hay que entender? Generalmente, una despedida de las de “dos besos” sociales, que nadie se emocione. Pero si el receptor está especialmente predispuesto, nada le impide interpretar un beso de pasión, o de cariño, porque los besos no suelen ir acompañados de instrucciones del tipo “un beso con repaso de encía, corazón”; no quedarían bien.

Un beso es un beso, aquí y en Pekín; y para evitar confusiones, yo beso a poca gente (lo cual no quiere decir que bese poco) tanto en la vida real, como de palabra o por escrito. Así, mis besos siempre son besos auténticos, no son besos de compromiso, ni de cibercostumbre. Soy de las de “laespañolacuandobesaesquebesadeverdad”. Quizá suene a rancio, o a cacatúa internauta, o a desfasada, o a lo mejor le doy demasiada importancia a las cosas… (realmente, le doy demasiada importancia a cosas que no la tienen, pero soy así). Si escribo “un beso” es que lo estoy dando, que lo siento de verdad.

En fin, con el tiempo la moda se irá imponiendo, cada vez más, y terminaré asumiéndola y adoptándola; y diré y escribiré besos, y me sentiré incómoda al hacerlo, y se me notará violenta, como aquellos abuelos que me besaban en el entierro…

jueves, 25 de septiembre de 2008

FILOSOFIA DE CALLE



Tengo un problema escribiendo: me enrollo mucho, demasiado. Y además me falta chispa; desearía tener un poco más de gracia, pero habré de conformarme. Voy a contar algo que presencié el otro día; me pareció una situación muy divertida, así que intentaré transmitirla, a ver si me sale.

Me gusta comprar los productos frescos en tiendas de la calle, lo que se llama “pequeño comercio”; me gusta el trato directo con las personas (bueno, con algunas personas). La pescadería (glups, menos mal que acabo de buscarlo en la RAE, porque iba a poner pescatería) de mi calle la regentan dos hermanos muy particulares, que siempre están reflexionando en voz alta, con cualquier excusa, una noticia del periódico, el comentario de una clienta, una canción de la radio… son dos filósofos.

Cuando entré en la tienda la semana pasada, el mayor le estaba diciendo al pequeño: “Yo siempre te doy la razón, hermano; primero a mi mujer y después a ti”. “Sabia medida la de dar la razón siempre a la mujer; tendrás un matrimonio feliz”, auguró la clienta que estaba delante de mí.

Y a continuación, esa señora se puso a pedir su compra, merluza, gambas, “Y unos chipirones para mi marido, que lo tengo que cuidar para que me dure mucho”. Ante la mirada sonriente de los pescaderos, la señora explicó con toda naturalidad “Sí, sí, que si no… ¿quién me va a bajar las cosas de los armarios altos? ¿y quién va a cambiarme algún enchufe y a hacer las maletas?”; comentario que provocó las sonrisas, más o menos guasonas, de todos los presentes.

El hermano pequeño, sin dejar de limpiar los chipirones, contestó “Claro, y los que no sabemos cambiar enchufes, hacer maletas, ni llegamos a los armarios altos, como yo… ¡solteros!”

“¿Te das cuenta? -concluyó el mayor- basta con que les des la razón, arregles algún enchufe, y bajes las cosas de los armarios. Con lo sencillas que son las cosas… ¡y cómo nos las complicamos!”

Pues eso.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Cuando tu rostro era niebla (Mario de los Santos)

Voy a empezar a hablar de “mis lecturas” con este libro, que me ha proporcionado íntimas satisfacciones, placeres pequeñitos y personales, tanto que pueden parecer ridículos (o simplemente, gilipolleces).

La primera vez que lo leí me gustó. Y eso que no entendí el final.

La segunda vez lo disfruté. Y además, cuando llegué al final, lo comprendí sin ninguna dificultad, sin proponérmelo; de repente, lo había entendido. Fue algo parecido a lo que me pasa con los problemas de ajedrez: hay días en que me salen, a la primera, y otras veces por muchas vueltas que les dé, no veo ninguna solución. Debe ser cuestión de predisposición mental (de qué dependa, no lo sé).

Me agradó encontrar paisajes urbanos familiares; a puro de leer, una acaba por conocer casi mejor las calles de Barcelona o de París que las de su propia ciudad. La calle Moncasi, recuerdos de juergas juveniles, parece que sigue en activo. Y sobre el otro uso del aparcamiento de la Escuela de Ingenieros (perdón que me da la risa, jajajajajajaja), he de decir que lo descubrí apenas un par de meses antes de leer el libro; a mi amiga Raquel la llevó allí un “ciber-amigo” ¡lugar romántico donde los haya! jajajajajaja.

Me emocionó la historia de amor. Las circunstancias de los protagonistas, edad, familia, obligaciones, pensamientos, me resultaron muy cercanas; una historia verosímil. Es curioso que últimamente caen en mis manos libros de pasiones maduras; o quizá es que ahora sólo me fijo en éstas… por proximidad.

El “lado oscuro” de la trama lo conforman ciertas actividades que no pagan impuestos; y que por eso mismo -y por nada más- se sitúan al borde de la legalidad y rozando la delincuencia. Personalmente, desconozco el mundo del juego y de la prostitución; no frecuento esos ambientes ni a las personas que ejercen esas labores, que me parecen marginales y peligrosos. Y sin embargo, el libro no los presenta como algo lumpen, sino como personas normales, con sus amigos, sus costumbres, su cotidianidad. La literatura tiene el poder de hacer que estas situaciones no sólo no provoquen rechazo, sino que incluso se tornen atractivas para el lector, con su punto de romanticismo.

Es muy buena la frase “Si la pareja fuera el estado normal de la raza humana, yo no me habría hecho rico con un puticlub”; y lo más triste es que seguramente sea verdad.

Repasando mi cuaderno de anotaciones, me doy cuenta de que los párrafos que he copiado son todos sobre el mismo tema… Y el libro no es monográfico. Y yo no soy obsesiva (¿o sí?). Sería el momento en que lo leí…

“Los favores de una mujer hermosa pueden ser el remedio para todos los males de cualquier varón mayor de trece años. Aunque con más frecuencia fuesen los causantes.” Me encanta la primera parte.

“Dice la sabiduría popular que la cantidad de mujeres que te van a encontrar atractivo es directamente proporcional a la cantidad de sexo practicado. Incluso ciertas teorías científicas ratifican el asunto mediante la segregación de alguna sustancia que informa que el macho anda servido”. Y corroboro esta aseveración; he podido comprobar de primera mano que el macho más atractivo del grupo siempre será el que lleve anillo de casado.

“No existía una vida por construir; tan sólo quedaban por compartir las escasas fuerzas del cuerpo, un plato de sopa fría y los años desgastándose en las retinas. No tenían tiempo que perder en todos esos conceptos superfluos en que confían los jóvenes: fidelidad, confianza, sinceridad… Su amor bebía de otros manantiales, su amor era un beso de buenas noches.” Precioso, y totalmente real ¿de verdad puede reflexionarse sobre esto siendo tan joven como el autor?

Y ahora me acuerdo de algo que en su día no anote, pero que me emocionó (será cosa de la edad); era una escena en la que Teodoro hablaba de Marisa y decía algo así como que tenía un cuerpo sin terminar, el cuerpo inacabado de una mujer que no ha sido madre ¡cuánta ternura desprendía!

En junio fui a Barcelona a ver a un amigo, y decidí regalarle el libro. ¡No imaginé que iba a ser un trabajo digno de Hércules! Me gusta comprar los libros en librerías, no en centros comerciales; así que me dirigí a las tres ó cuatro más céntricas y renombradas, con nulos resultados. Terminé llevándome el último ejemplar que quedaba en El Corte Inglés… Sí, ya sé que la distribución no ha sido la mejor.

Cuando empecé este blog, lo hice para comprobar lo que ya sabía: que esto funciona a base de “colegueo”. Pero la entrada “Seducción” me deparó varias sorpresas…

  • Primera: alguien me había leído.
  • Segunda: alguien había dejado un comentario por voluntad propia, sin que yo hubiese hecho nada para ello.
  • Tercera: ese alguien era, ni más ni menos que un autor literario, un escritor de verdad (tengo que hablar un día de las personas notorias), que se dirigía a mí, una maruja cuarentona con el suficiente tiempo libre como para hacer esto.Nunca sospeché (la verdad es que ni siquiera me paré a pensarlo) que poniendo una cita, me fuese a escribir su autor.
  • Cuarta: me pedía permiso para poner un enlace desde su página a la mía, sólo por haber mencionado su libro... (A estas alturas, servidora ya estaba estupefacta y tenía las constantes vitales completamente alteradas: ojos como platos, pulso acelerado, boca seca... y todavía no habían acabado las sorpresas)
  • Quinta: el correo estaba enviado ¡el día de mi cumpleaños! Aunque lo abriese tarde, gracias, Mario, por el regalo.

lunes, 8 de septiembre de 2008

MIS LECTURAS



Llegó un día de otoño en que mi cabeza no estaba en orden; pensaba cosas raras. Así que decidí hacer algo para evitar esas ideotas. Necesitaba despejarme, hacer algo nuevo, darme cuenta de otras cosas, abrirme al mundo, distraerme; era una verdadera necesidad para mi salud mental. La solución tenía que consistir en algo que exigiese mi concentración, para que el cerebro no se pusiese a pensar de forma autónoma; tenía que pensar lo que yo quisiera.

Además, me di cuenta de que aquí, en el submundo, hay mucha afición a la literatura (amantes, estudiosos y lo que más, pseudoliteratos). Así que para tener algo de qué hablar, con alguna base sólida, y para domesticar mis neuronas, decidí empezar a leer de otra forma, que quizá sea la correcta, pero que yo nunca había intentado.

Desde niña fui ávida lectora; aprendí a leer pronto, y devoraba todo lo que pasaba por mis manos, primero tebeos, y más tarde novela y teatro; y de todas las calidades: bueno, malo y regular. En mi casa no había libros; no había costumbre, ni tradición, ni conocimientos; eso sí, a mi madre le fascinaban las bibliotecas que había en algunas casas. Identificaba posesión y cultura; si en una casa había muchos libros, es que sus habitantes eran personas muy cultas, no como ella, que apenas fue a la escuela. En mi casa, pues, no había libros para leer. En cambio, mi madre, en su afán de que no fuésemos analfabetos, compraba, casi compulsivamente, todas las enciclopedias que los vendedores ambulantes ofrecían, en cómodos plazos, casa por casa en aquella época; como si la mera presencia de los libros asegurase la transmisión del conocimiento mediante un viaje misterioso desde la estantería del comedor hasta nuestras cabezas. Teníamos enciclopedias generales, infantiles, de piratas, de ciencias naturales, con dibujos, y alguna con nivel más que universitario. Y de todos mis hermanos, yo era la única que las consultaba asiduamente.

Los primeros libros que tuve en casa fueron los que me hicieron leer en el colegio, supongo que serían los clásicos. Con 13 años, para el verano me iba por las tardes a leer a la biblioteca municipal (leía mucho, pero no recuerdo más que un título: Mujercitas), igualito, igualito que los adolescentes de ahora. Y ese mismo año, cuando cobré mi primer sueldo (si así puede llamarse al dinero que me dieron por cuidar de una niña una noche que sus padres salieron a cenar) lo primero que hice fue comprarme un libro (tampoco recuerdo cuál; me estoy dando cuenta de la mala memoria que tengo). Más tarde, mi madre me hizo socia del Círculo de Lectores, y así me aficioné a coleccionar libros.

De adulta he tenido temporadas en que he leído mucho, y otras menos, pero siempre ha habido algún libro encima de la mesilla (o en el cuarto de baño). He leído de forma práctica y sencilla, fijándome en el argumento, como si fuese una película, y cuando se acababa el libro, a la estantería; y al cabo del tiempo, al olvido. Porque de los libros que he leído, recuerdo los títulos (no todos, claro) y de algunos conservo una vaga idea sobre la trama, y si me gustaron o no, pero he olvidado personajes, detalles, e incluso el final de la mayoría de ellos. Y eso que los terminaba todos, todos, aunque no me gustasen, aunque me pareciesen insoportables ¿de dónde vendrá esta manía? (Sé que hay mucha gente a la que le pasa lo mismo ¿será algo generacional, como lo de no dejarse nada en el plato?) En mi caso, pienso que si dejo un libro a medias quizá me esté perdiendo algo verdaderamente bueno ¿y si lo mejor está en el final? Con este pensamiento he leído cosas que me aburrían hasta el coma y, bien mirado, nunca he encontrado un libro que no me gustase al principio y al final me fascinase.

Bueno, pues el puente de Todos los Santos del año pasado, me alejé de personas, de ordenadores, de móviles y de otras influencias y así, aislada, cogí un libro y empecé a leer con detenimiento, prestando mucha atención. Además me preparé un cuaderno y un estuche con bolígrafos de colores, lápices, goma, sacapuntas, rotuladores, corrector y mil accesorios más, de los que sólo utilizo un bolígrafo normal y corriente, pero con la tranquilidad que me da saber que si quiero hacer filigranas, dispongo del material adecuado; debidamente pertrechada, me dispuse a escribir en el cuaderno. Primero la fecha y el título del libro; y a continuación todo aquello que me llamaba la atención: palabras de las que desconozco el significado, para buscarlas en la página de la RAE; párrafos enteros que me recordaban alguna situación o alguna persona; nombres y árboles genealógicos en libros con muchos personajes; frases que me hacían pensar, o que coincidían con alguna idea que yo llevaba por la cabeza; y de repente me di cuenta de que había cosas escritas que me gustaban por la forma en que estaban dichas, palabras que provocaban en mí sentimientos por cómo decían, no por lo que decían (gracias, Mario Benedetti). Esto fue un auténtico descubrimiento... yo siempre tan racional, tan fría, tan "de ciencias", emocionándome con palabras escritas, como un adolescente enamorado que lee poesías (de mi relación con la poesía hablaré en otro momento); será cosa de la edad... Ya lo decía mi suegra "de la vejez a la niñez" y por tanto, de la madurez a la adolescencia, añado yo.

Así empecé a tomarle gusto a apuntar cosas en el cuaderno, sobre todo, anotaciones sobre los libros que he leído últimamente, y con este material, he decidido escribir entradas en el blog, una por cada libro, y plasmar mis impresiones por escrito.

No tengo criterio literario; que nadie piense encontrar aquí una selección de libros buenos (jajajajajaja, seré ilusa, como si alguien fuese a leer esto, jajajajajaja). Sólo sé lo que me parece a mí cada libro en el preciso momento en el que lo he leído; y que el tiempo también puede cambiar la opinión.